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Opinión

Ser rockero es vivir sin miedo

Por Rebobinados · Publicado el 20 de agosto de 2026

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Ser rockero es vivir sin miedo

Ilustración: Rebobinados

Alguien podría preguntar qué hace Víctor Jara en una conversación sobre rock, si nunca tocó una guitarra eléctrica, si venía del folclor y del teatro, si su música sonaba a quena y a cueca antes que a distorsión. La respuesta es que el rock, antes de ser un sonido, es una postura ante la autoridad. Y por ahí, Jara no solo entra: manda.

El rock nació siendo insolencia. Cuerpos que se movían como no debían, jóvenes que desafiaban a sus padres y a la iglesia, gente que se mezclaba donde no debía mezclarse. El sonido vino después; primero fue el gesto de plantarse frente al poder y no bajar la vista. Si uno acepta eso —que lo esencial del rock es la actitud y no la guitarra—, entonces la pregunta se da vuelta: no es qué tiene que ver Jara con el rock, es cuántos rockeros de verdad merecen ese nombre. Porque Jara encarnó la esencia sin necesitar el género. Fue más fiel al espíritu del rock que muchos que sonaban a rock y no incomodaban a nadie.

Un canal que no se puede interceptar

Y hay que entender por qué lo mataron, porque ahí está todo. A Jara lo mataron porque aterrorizaba al poder. No con armas —era un cantor, un poeta que le hablaba al corazón de la gente—, sino justamente por eso. Piensa en el Chile de 1973: no había internet, ni redes, ni algoritmo. Y aun así, un hombre con una guitarra había construido un canal directo al pecho de un pueblo, sin intermediarios, sin permiso. Eso es lo que el poder no soporta, porque no lo puede interceptar. Un panfleto se requisa. Una radio se clausura. Un diario se cierra. Pero una canción que ya está adentro de miles de personas, cantada bajito, guardada en la memoria, no hay cómo confiscarla. Jara era, en el lenguaje de hoy, un canal propio con llegada total. Y un canal así, en manos de alguien con algo verdadero que decir, es lo más peligroso que existe para quien quiere controlarlo todo.

Lo que delata el miedo del poder

El lente de Foucault ilumina esto. El poder no es solo el que reprime con la fuerza; es también el que vigila, normaliza y decide qué se puede decir y qué no. Y le teme, sobre todo, a quien produce sentido por fuera de su control: a quien le da a la gente dignidad, un "nosotros", una razón, sin pasar por el Estado. Por eso el gesto de matar a un músico delata al poder más que cualquier otra cosa. Revela su miedo. Un régimen militar, con tanques y fusiles, le tuvo tanto terror a un hombre con una guitarra que necesitó romperle las manos antes de matarlo. Esa desproporción no retrata la fuerza del poder: retrata su debilidad. El poderoso que tiembla ante un cantor está confesando que hay algo que sus armas no alcanzan.

Morir de tus demonios o morir por lo que dices

Hay un contrapunto honesto que hacer, porque el rock tiene su propia mitología de la muerte y conviene no confundirla con esto. Buena parte de la leyenda rockera se construyó sobre el ídolo que se autodestruye: el que muere joven de exceso, el atormentado que se va por su propia mano, el mártir de sus demonios interiores. Y ese dolor muchas veces es real —el de Kurt Cobain lo era, y no se trata de despreciarlo—. Pero hay que ver la diferencia, porque es enorme. Una cosa es morir peleando contra uno mismo, y otra es que te maten porque lo que dices es peligroso para el poder. Lo primero es una tragedia íntima, que merece respeto. Lo segundo es que tu arte importara tanto, tuviera tanto filo, que alguien con poder decidió que no podías seguir vivo. Romantizamos la pose del que se destruye, y a veces no vemos el coraje mayor: el del que fue destruido porque un régimen entero le atribuyó el poder de desestabilizarlo. No morir de tus dramas, sino que tu voz pueda más que tu miedo. Eso es lo que casi nadie se atreve.

La ternura que no se arrodilla

Y ese coraje, el de Jara, no era el del más fuerte ni el del más duro. Era el de la ternura que no se arrodilla. Un hombre que cantaba bajo, que trabajaba desde la delicadeza, que le hablaba al corazón y no a los puños, y que aun así no le tuvo miedo al poder. Eso es más valiente que cualquier bravata, porque no se apoya en la fuerza —donde el poder sí sabe pelear— sino en la convicción, donde el poder no puede entrar. El valor que vale es el que se elige a pesar del miedo, no el que se hereda de la fuerza. Jara eligió, sabiendo el riesgo, seguir cantando lo que creía. Eso es vivir sin miedo. Eso es ser rockero, aunque suene a guitarra de palo.

Por eso ser rockero, en el fondo, no tiene que ver con el género que escuches ni con la ropa que uses. Es una forma de valentía, y va en dos direcciones. Hacia afuera: decir lo que crees aunque cueste, no arrodillarte ante el que manda, poner tu fuerza del lado del débil y no encima de él. Y hacia adentro, que es la más difícil: mirarte al espejo sin mentirte y desafiarte a ser mejor de lo que eres. Jara tuvo las dos. Cantó por los campesinos y los obreros, por los que no tenían voz —usó su único poder, una canción, para defender a los que no tenían ninguno—, y lo hizo sin la careta del que se sube a un escenario a fingir convicciones que abajo no sostiene.

No se puede matar a una pose

Ahí está la ley que separa a Jara de casi toda la industria: cantó lo que vivía. Esa coherencia entre la canción y la vida es la única autenticidad que vale, no la que se cuelga como etiqueta de marketing. Si vas a cantar palabras que inspiran, tienes que vivir lo que cantas; si no, eres una farsa comercial: el que predica coraje y cena con el poder, el que canta por los pobres y los usa para su carrera. La farsa siempre se protege: se dobla, se adapta, se vende. Por eso no se puede matar a una pose. Solo se puede matar a alguien que de verdad es lo que canta, que no tiene dónde esconderse porque su vida y su obra dicen lo mismo. A Jara lo mataron porque era auténtico hasta el fondo, y su muerte fue la prueba máxima de que no había pose: pagó con el cuerpo la coherencia que otros apenas actúan.

Esa es la cuenta que la vida, tarde o temprano, le pasa a todos: la cuenta de la coherencia. Jara la pagó entera, sin dudar. Por eso, medio siglo después, su canción sigue de pie mientras las poses de su época se las llevó el viento, y quienes lo mataron son nombres en una sentencia. Ganó él. Ganó porque era verdad, y lo que es verdad —el vínculo que tejió con su pueblo— es de lo que no se puede requisar.

Rebobinar hasta Víctor Jara no es visitar a un mártir. Es aprender algo para vivir hoy, y no hace falta una dictadura para ponerlo en práctica: canta solo lo que estés dispuesto a vivir. Sé valiente hacia afuera y hacia adentro. Usa lo que tengas para proteger al que no tiene. Y no finjas convicciones que no vas a sostener cuando cueste, porque eso, tarde o temprano, se nota. Lo demás es ruido. Eso es el rock, y Jara lo entendió mejor que nadie sin necesitar el nombre.

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