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Década 10s · Ritmo soul

Michael Kiwanuka

El nombre en mayúsculas

Por Rebobinados · Publicado el 25 de agosto de 2026

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Michael Kiwanuka: El nombre en mayúsculas

Ilustración: Rebobinados

Hay una voz que suena como si viniera de 1972. Cálida, gastada en el lugar justo, de esas que uno asocia a Bill Withers, a Curtis Mayfield, a Marvin Gaye: soul de vinilo, de cuerdas y vientos, de una época en que la música se hacía con tiempo. Pero esa voz no viene de 1972. Viene de un joven londinense que empezó a grabar hace poco más de una década, y que probablemente no conoces todavía. Se llama Michael Kiwanuka, y vale la pena que lo conozcas, no solo por cómo canta, sino por lo que hizo con su nombre.

Kiwanuka nació en el norte de Londres, hijo de padres ugandeses que habían escapado del régimen de terror de Idi Amin en los años setenta. Un niño negro, de apellido africano, criado en barrios blancos, que de chico se enamoró no del soul sino del rock —Radiohead, Nirvana— y que terminó, por caminos raros, haciendo la música más vintage y más del alma que se pueda imaginar. Su primer disco lo puso de inmediato en el mapa: nominaciones, premios de la crítica, giras. Parecía que lo tenía todo para despegar.

«Cámbiate el apellido»

Y entonces vino la parte que este texto quiere contar. En algún momento, la gente de la industria —los que saben de mercado, los que deciden qué se vende— le dijeron que su apellido era un problema. Kiwanuka no sonaba comercial, era difícil, extranjero, no pegaba. Que se lo cambiara por algo más fácil, más masticable para el público. Y no es que él los mandara al diablo de una y ya. Al revés: la duda le entró hondo, tan hondo que se le metió en el pecho y no lo dejó trabajar. Grabó un segundo disco entero y lo botó a la basura, no lo publicó. Llegó a preguntarse si valía la pena seguir haciendo música. El molde —esa presión de limar lo que te hace distinto para caber— casi se lo traga. Casi lo hace desaparecer antes de empezar.

El disco que lleva su nombre

Pero volvió. Y volvió de la única manera que valía la pena volver: haciendo exactamente lo contrario de lo que le habían pedido. Su tercer disco, el que grabó cuando por fin dejó de pedir permiso, no escondió su apellido. Lo tituló con él. El disco se llama, simplemente, "Kiwanuka", con su apellido escrito en mayúsculas, enorme, en la portada. Justo el nombre que le habían dicho que borrara, lo puso de título, en las letras más grandes que cabían. Y ese disco ganó el Mercury Prize, el premio más importante de la música británica. Lo que le dijeron que era su defecto resultó ser su firma.

Ahí está la vuelta, y es de las que enderezan la espalda. A Kiwanuka le pidieron que se hiciera vendible borrando lo que lo hacía único, y por poco lo destruye intentar obedecer. Recién cuando hizo lo opuesto —cuando tomó eso mismo que le sobraba, su nombre, su raíz, su diferencia, y lo puso al centro— encontró su mejor obra y su lugar. No triunfó a pesar de su nombre. Triunfó por su nombre. La cosa que no calzaba en el molde nunca fue el problema; el problema era el molde. Una de las canciones de ese disco se llama, casi como un chiste cósmico, "You ain't the problem": no eres tú el problema. Le costó años y un disco a la basura entender esa frase. Cuando la entendió, la escribió en mayúsculas.

Lo que te piden que borres

Y por eso lo traemos a Rebobinados, aunque cante en inglés y venga de lejos, porque su historia le sirve a cualquiera que la lea, tenga veinte años o sesenta. A todos, alguna vez, alguien nos dice que lo que nos hace distintos es un problema. Que suavicemos el acento, que escondamos la manía, que cambiemos el nombre, que nos hagamos más fáciles de tragar. Y la tentación de obedecer es real, porque viene disfrazada de consejo, de gente que "sabe". Kiwanuka estuvo a un paso de creerles, y esos fueron sus peores años. Su historia dice, con una voz de terciopelo, algo bien duro: lo que te piden que borres para encajar suele ser justo lo mejor que tienes. Tu nombre no es el obstáculo. Es la firma. Es la misma ley que aprendimos rebobinando hasta Víctor Jara: canta solo lo que estés dispuesto a vivir, y no finjas ser otro cuando cueste. También es, exactamente al revés, lo que hizo Annie Lennox con un traje de hombre: ella se puso algo encima para que la escucharan; él se negó a sacarse lo que ya era suyo.

De dónde salió la fuerza

¿De dónde sacó la fuerza para eso? De un lugar que casi nadie menciona cuando habla de él: la fe. Kiwanuka se crió en una iglesia del norte de Londres, y dice, sin exagerar, que su formación en el coro y en el templo marcó su manera de componer casi por entero. No habla tanto de religión —de esa palabra se corre, con matices—, sino de algo más hondo: la confianza en que hay algo que te guía, más grande que uno. Tiene una idea preciosa sobre esto: dice que la música tiene apenas doce notas y que, sin embargo, de esas doce ha salido toda la música de la historia, infinita, imposible de agarrar con la mano, y que eso, para él, es prueba de que la música es algo espiritual. Y esa fe fue, según él mismo, lo que le dio la fuerza para no doblarse: para escribir sus canciones más incómodas sin miedo, para dejar de necesitar la aprobación de los demás, para no cambiarse el nombre. Cuando tienes algo que te empuja más fuerte que las ganas de encajar, dejas de pedir permiso.

Esa fe se oye desde el principio, en una de sus primeras canciones, "I'm Getting Ready". Es, en su núcleo, una canción sobre prepararse para creer: un hombre parado en el cruce entre la duda y la fe, que admite no haber sabido hasta entonces lo que significaba creer y que, aun así, se dispone a confiar en algo más grande que él. Y ahí, para quien la escucha con atención, se abre una lectura todavía más honda: la de confiar justo cuando ya no queda nada en las propias manos, cuando uno entiende que no es lo bastante poderoso para proteger a todos los que ama, y que entregarse a algo mayor no es rendirse por debilidad, sino encontrar la única fuerza que queda. Prepararse para creer es, leído así, prepararse para soltar el control. El propio Kiwanuka lo ha dicho a su manera: la fe es lo que sostiene cuando la fuerza de uno ya no alcanza.

Un mapa entre la duda y la fe

El resto de su obra es un mapa de esa misma tensión, entre la duda y la fe, entre el amor y el odio. "Cold Little Heart", que abre su segundo disco con casi diez minutos de cuerdas antes de que entre la voz, hace algo que casi nadie se atreve a hacer: el corazón frío del título no es el de una pareja que lo abandonó, es el suyo propio. En vez de acusar a otro, se acusa a sí mismo, y canta la vergüenza que dice haber cargado toda la vida. En "Black Man in a White World" dice, sin una sola metáfora, lo que es ser un hombre negro en un mundo blanco. En la canción que titula ese disco, "Love & Hate", resiste, terco, el tira y afloja de las dos fuerzas que le dan nombre. Y en "You Ain't the Problem", ya del disco que lleva su apellido, cierra el círculo: le canta a quien se cree el problema para decirle que no lo es, lo mismo que a él le costó años entender de sí mismo.

Anda a escucharlo. Vas a oír a un hombre que sonaba a otra época y resultó tener algo urgentísimo que decir sobre la nuestra. Y vas a oír, por debajo de las cuerdas y el soul, la historia de alguien que casi dejó que le borraran el nombre, y que al final lo escribió más grande que nunca.

El apellido, enorme, en el Parque Bicentenario

Y quizás ya lo escuchaste, sin saber todo esto. En marzo de 2025, una tarde de calor en el Parque Bicentenario de Cerrillos, Michael Kiwanuka tocó por primera vez en Chile, en Lollapalooza. Mientras a pocos metros el festival hervía de pop juvenil, él llenó su escenario de esa voz que parece traída de 1972, con "Cold Little Heart", con "Love & Hate", con canciones de su último disco. Y al fondo del escenario, detrás de él, había una sola palabra escrita en grande: su apellido. KIWANUKA. El mismo nombre que le habían dicho que cambiara, proyectado enorme sobre un público chileno que coreaba sus canciones. Si estuviste ahí, viste el final de esta historia sin saber que lo era: un hombre parado frente a su nombre, ya sin pedirle permiso a nadie.

Esa es la clase de memoria que merece rebobinarse: no la del que la tuvo fácil, sino la del que estuvo a punto de rendirse a ser otro, y eligió, a tiempo, seguir siendo él.

Fuentes

Michael Samuel Kiwanuka (Muswell Hill, Londres, 3 de mayo de 1987) es hijo de padres ugandeses que huyeron del régimen de Idi Amin. Aficionado en su juventud al rock (Radiohead, Nirvana), trabajó como guitarrista de sesión antes de su carrera solista. Su debut, "Home Again" (2012), fue nominado al Mercury Prize y ganó el BBC Sound of 2012. Tras el desánimo provocado por ejecutivos de la industria —que, entre otras cosas, lo presionaron para cambiar su apellido por uno más comercial—, desechó un segundo álbum ya grabado y llegó a dudar de continuar en la música. Regresó con "Love & Hate" (2016), número uno en el Reino Unido, que incluye "Black Man in a White World" y "Cold Little Heart" (tema de la serie Big Little Lies). Su tercer disco, titulado "Kiwanuka" (2019), con su apellido en mayúsculas en la portada como afirmación de identidad, ganó el Mercury Prize 2020 e incluye "You Ain't the Problem". En 2024 publicó "Small Changes". Su sonido, de soul y folk vintage, ha sido comparado con Bill Withers, Curtis Mayfield, Terry Callier y Marvin Gaye. Kiwanuka se crió como cristiano —en la iglesia de St James, Muswell Hill— y ha señalado que esa formación influyó enormemente en su composición; "I'm Getting Ready" (2012) trata sobre disponerse a creer y confiar en algo mayor, y el propio artista ha dicho que su fe le dio fuerza para escribir canciones incómodas y no depender de la aceptación ajena (entrevistas en NME, Church Times y Songfacts). "Cold Little Heart" (2016) dirige el reproche hacia sí mismo, no hacia una pareja; "Black Man in a White World" aborda de manera directa la experiencia de ser un hombre negro en un mundo blanco; "You Ain't the Problem" (2019) trata sobre superar el desprecio hacia uno mismo. Michael Kiwanuka debutó en Chile en Lollapalooza 2025, el 21 de marzo de 2025, en el Parque Bicentenario de Cerrillos, con un repertorio que incluyó "Cold Little Heart", "Love & Hate", "Hero" y "You Ain't the Problem", además de temas de "Small Changes"; la prensa consignó la gráfica con su apellido al fondo del escenario. Las interpretaciones de las canciones se ofrecen como lectura del autor. No se reproducen letras de canciones por derechos de autor. Datos recogidos de AllMusic, Wikipedia, DIY Magazine, NME, BBC, MOJO, The Clinic, setlist.fm y coberturas de prensa.

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