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Década 00s · Ritmo funk

Cristián Cuturrufo

La trompeta y el puerto

Por Rebobinados · Publicado el 8 de septiembre de 2026

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Cristián Cuturrufo: La trompeta y el puerto

Ilustración: Rebobinados

Hay dos mundos que, en Chile, casi nunca se hablaban. Por un lado, el jazz: música de conservatorio, de Nueva York, de club fino y de corbata. Por el otro, la música del puerto de Coquimbo: el acordeón de las fiestas, la cueca, la cumbia, el sabor de la calle. Cristián Cuturrufo fue el hombre que los casó. Con una trompeta, tendió un puente entre esos dos mundos, y lo cruzó de ida y vuelta toda su vida.

El puerto y el conservatorio

Cuturrufo nació en Coquimbo en 1972, hijo del acordeonista Wilson Cuturrufo, de una de las familias más tradicionales del cancionero de ese puerto. O sea que creció adentro de la música popular, la de las fiestas y las fondas del norte. Pero también estudió trompeta clásica, primero en la escuela que lleva el nombre de Jorge Peña Hen —el músico y educador coquimbano ejecutado en dictadura— y después en la Universidad Católica, formándose como trompetista docto, académico. En un solo hombre convivían el puerto y el conservatorio. Y para juntar del todo esas dos mitades, se fue a Cuba a estudiar música afrocubana, música popular, jazz. Volvió con las dos orillas conectadas.

El swing nacional

Lo que hizo con eso es lo que lo vuelve grande. Desde los años noventa se transformó en uno de los líderes del jazz chileno, y lo hizo a su manera: agarró el bebop de Nueva York, el lenguaje más sofisticado y más de elite del jazz, y le puso un sabor chilenísimo. Le metió cueca, le metió cumbia, inventó lo que él llamó el "swing nacional", cruzó el jazz con el funk latino. Sacó al jazz de la corbata y lo puso a conversar con la calle, con la fonda, con el norte. Demostró que esos dos mundos que parecían enemigos eran, en el fondo, el mismo, y que una trompeta podía tocar Charlie Parker y oler a puerto al mismo tiempo.

El puente hecho carne

Y ese puente no lo cruzó solo en sus discos: lo cruzó en persona, tocando con los grandes de la música popular chilena. Colaboró seguido con el Ángel Parra Trío —el de Ángel Parra hijo, uno de los cuatro Tres—, grabó duetos de swing con el legendario "tío" Valentín Trujillo, maestro del piano popular, en el disco "Jazz de salón", y compartió banda, en Los Titulares, con Francisco Molina, el baterista de Los Tres, que al despedirlo lo llamó "hermano de armas". Ahí estaba el puente hecho carne: el jazzero de Coquimbo metido de lleno en el corazón de la música chilena, y recibido en él como uno más.

Padre no, imprescindible sí

Muchos lo llaman, con cariño y con razón, "el padre del jazz chileno". Y hay que decirlo con honestidad: en rigor no lo es, porque el jazz en Chile es mucho más viejo que él. El Club de Jazz de Santiago se fundó en 1943 —es el más antiguo de América Latina—, casi treinta años antes de que Cuturrufo naciera. Pero lo que sí es cierto es más grande que ese título. Cuturrufo fue el hombre imprescindible, el que sacó al jazz del reducto de la elite santiaguina y lo hizo del país entero. Un amigo lo despidió con la frase justa: fue el que llevó el jazz chileno y se montó sobre sus alas a todo el mundo. No fue el padre, pero fue el que abrió las puertas y las ventanas para que entrara todo el mundo.

Desde Coquimbo, no desde Santiago

Y no es un detalle menor: lo hizo desde Coquimbo. Tuvo su club de jazz en el puerto, tocó por todo Chile, y demostró que un grande de esta música podía salir del norte, de la provincia, y no de la capital. Le torció la mano al centralismo, como otros que hemos recordado en estas páginas. El jazz, con él, dejó de tener acento de barrio alto de Santiago.

Siete presentaciones en una noche

Fue, además, un maestro querido, de esos que la comunidad entera respeta. Generoso, siempre dispuesto a tocar con quien fuera, armaba festivales y clubes, empujaba a los jóvenes. Hay una noche que quedó en la leyenda: siete presentaciones en una sola jornada, entrando y saliendo de dos clubes de jazz vecinos en Bellavista, tocando hasta el amanecer. Esa era su energía. Inconfundible, con su barba espesa y su trompeta pegada al cuerpo.

Se lo llevó la peste

Se lo llevó la pandemia. En marzo de 2021, en pleno encierro, el covid lo internó de golpe y en pocos días lo apagó, a los cuarenta y ocho años. Fue uno de los tantos que esa peste se robó, pero este dejó en la música chilena un hueco que todavía no se cierra. La familia del jazz —que en Chile es una tribu chica y unida— lo lloró como se llora a uno de los propios.

Hoy lo recordamos. Su trompeta sigue ahí, en la decena de discos que dejó, en ese "swing nacional" que se inventó, en cada joven que agarró el instrumento porque lo vio a él. Si alguna vez escuchaste una trompeta tocar jazz con sabor a norte, con un guiño de cueca metido entre las notas, escuchaste lo que Cuturrufo construyó. El puente que tendió entre el conservatorio y la fonda sigue en pie, y por él van a seguir cruzando músicos por muchos años. El Cutu ya no está, pero lo que unió no se desune.

Fuentes

Christian Alejandro Cuturrufo Contador (Coquimbo, 27 de junio de 1972 – Santiago, 19 de marzo de 2021) fue uno de los trompetistas de jazz más destacados de Chile y un gestor cultural. Hijo del acordeonista Wilson Cuturrufo, de una familia de músicos ligada a las fiestas populares del puerto de Coquimbo. Estudió trompeta clásica en la Escuela Experimental de Música Jorge Peña Hen, de La Serena —llamada así por el músico y educador ejecutado durante la dictadura en 1973— y en la Universidad Católica, donde integró el Ensamble Gabrieli entre 1991 y 1993; se perfeccionó en Cuba en música popular, afrocubana y jazz. Desde los años noventa fue una de las figuras líderes del jazz chileno, fusionando el bebop con ritmos locales: cueca, cumbia, el llamado "swing nacional" y el latin funk. Integró grupos como Los Titulares, junto a Francisco Molina, baterista de Los Tres, además de Vernáculo, Motuto y Cutus-Clan, y lideró sus propios quintetos y sextetos; grabó alrededor de diez discos, el último en 2019. Colaboró con frecuencia con la música popular chilena: con el Ángel Parra Trío, de Ángel Parra hijo, integrante de Los Tres, y con el pianista Valentín Trujillo, con quien registró "Jazz de salón" (2004) y "Villancicos" (2005). Como gestor impulsó clubes y festivales y tuvo su propio club en Coquimbo. Falleció a los 48 años por complicaciones del covid-19, tras ser internado en estado crítico en Santiago. La expresión "padre del jazz chileno" es un apelativo afectuoso: el jazz en Chile es anterior a él, y el Club de Jazz de Santiago, fundado en 1943, es considerado el más antiguo de América Latina. No se reproducen letras de canciones por derechos de autor. Datos recogidos de Wikipedia, MusicaPopular.cl, Memoria Chilena, La Tercera, BioBioChile, Emol y otras coberturas de prensa.

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