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Garage rock: el eterno retorno

Por Rebobinados · Publicado el 12 de julio de 2026

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Garage rock: el eterno retorno

Ilustración: Rebobinados

En el año 2001, mientras la industria apostaba por el nu metal y el pop de fábrica, cinco neoyorquinos con chaquetas de segunda mano grabaron un disco de 36 minutos que sonaba como si los últimos treinta años no hubieran pasado. Is This It de The Strokes no inventó nada. Y precisamente por eso lo cambió todo.

Un género que nunca muere del todo

Para entender el revival hay que rebobinar hasta el origen. El garage rock nació a mediados de los sesenta, cuando miles de bandas adolescentes estadounidenses intentaron copiar a los Beatles y los Stones con más entusiasmo que técnica: The Sonics, The Seeds, ? and the Mysterians. La mayoría desapareció sin dejar rastro, hasta que en 1972 el crítico y futuro guitarrista de Patti Smith, Lenny Kaye, las rescató en la compilación Nuggets. Esa historia, y la razón por la que Kaye llamó punk rock a aquella música cuatro años antes de que el punk existiera, la contamos entera en ¿Qué es el garage rock?.

Lo que importa aquí es que Nuggets se convirtió en un texto sagrado: la prueba de que la torpeza entusiasta podía ser más eléctrica que el virtuosismo. Los punks de 1977 lo estudiaron a fondo. Y los chavales del 2001, también.

Nueva York, otra vez

The Strokes surgieron del Lower East Side con un manual claro: canciones cortas, guitarras entrelazadas, producción deliberadamente seca a cargo de Gordon Raphael, y una estética que citaba a Television y Velvet Underground sin pedir disculpas.

Ese "deliberadamente seca" merece explicarse, porque es el corazón del asunto. Grabaron en un sótano con equipo modesto y renunciaron a casi todo lo que la producción de los noventa daba por obligatorio: nada de capas, nada de reverberación amplia, la voz comprimida hasta sonar como si viniera de un teléfono. Sonaba viejo a propósito, y ese fue el argumento. Después de una década de discos que costaban fortunas, la austeridad era la novedad.

La prensa británica, con el NME a la cabeza, los declaró salvadores del rock antes incluso de que saliera el disco. Y no estaban solos: era una ola coordinada por casualidad. The Hives desde Suecia, The Vines desde Australia, The Libertines en Londres. Los medios lo empaquetaron como "las bandas con The", un titular perezoso para un fenómeno real.

Detroit y la fórmula de dos

La otra mitad de la historia estaba en Detroit. The White Stripes —Jack y Meg White, guitarra y batería, rojo y blanco— llevaban desde 1997 demostrando que dos personas bastaban. La restricción era el método: sin bajo, sin segunda guitarra, sin red. White Blood Cells (2001) los hizo famosos, ayudados por el video de "Fell in Love with a Girl" que Michel Gondry construyó con piezas de Lego.

Pero su gol de media cancha llegó en 2003: el riff de "Seven Nation Army", grabado con una guitarra pasada por un pedal de octava para sonar como un bajo, terminó coreado en cada estadio de fútbol del planeta. Pocas veces algo tan crudo llegó tan lejos, y hay una ironía deliciosa en que el himno deportivo más universal del siglo lo tocara un dúo que se negaba a tener bajista.

¿Revival o espejismo?

Seamos honestos con la crítica habitual: el revival fue también una operación de marketing, con bandas fotogénicas firmadas a toda prisa y una burbuja que se desinfló hacia 2005. Muchos de aquellos grupos no sobrevivieron a su segundo disco.

Y el ciclo fue brutalmente corto. El grunge había tenido años para crecer a oscuras antes de que la industria lo encontrara; estas bandas fueron descubiertas, encumbradas y descartadas en menos de un lustro, con la prensa musical británica acelerando el ciclo por deporte. Fue el primer revival que ocurrió a la velocidad de internet.

Y sin embargo, el saldo es positivo. El garage rock de los 2000 repatrió una idea que el rock había olvidado en los noventa de la sobreproducción: que una canción de dos minutos grabada casi en vivo puede valer más que un año de estudio.

El eterno retorno

Aquí está la tesis de esta casa: el garage no es un género, es un reflejo. Cada vez que el rock se vuelve demasiado profesional, demasiado pulido, demasiado caro, una generación nueva redescubre que solo hacen falta tres acordes, un amplificador barato y algo que decir. Pasó en 1966, pasó en 1977, pasó en 2001.

Ese mecanismo —por qué se repite, y por qué siempre desde un sótano— lo desmontamos en Del garaje al estadio. Y si quieres empezar por las bandas del principio, las que Kaye rescató del olvido, están en Diez bandas de garage rock que tienes que escuchar.

Volverá a pasar: probablemente ya esté pasando en algún garaje que todavía no tiene nombre.

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