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Historia del rock chileno · Capítulo 11: el sonido de la máquina

Por Rebobinados · Publicado el 25 de agosto de 2026

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Historia del rock chileno · Capítulo 11: el sonido de la máquina

Ilustración: Rebobinados

A mediados de los ochenta, en el mundo, la música cambió de manos: pasó de las guitarras a las máquinas. El sintetizador y la caja de ritmos empezaron a reemplazar al guitarrista y al baterista. Depeche Mode, New Order, Human League hacían un sonido nuevo, frío, electrónico, futurista, armado con teclas y circuitos en vez de cuerdas y baquetas. "Blue Monday", de New Order, de 1983, hecho casi entero con máquinas, se volvió el sencillo de doce pulgadas más vendido de la historia. El futuro sonaba así, metálico y bailable, y venía saliendo de una caja.

Una caja era más barata que una banda

Ese sonido cruzó hasta acá, y una generación sin plata lo agarró con las dos manos, porque la máquina era, antes que una moda, una puerta. Para hacer rock con guitarras necesitabas una banda, instrumentos caros, un lugar donde ensayar fuerte. Con un sintetizador y una caja de ritmos, en cambio, un solo joven, encerrado en su pieza, podía armar algo que sonara al mañana. Para chiquillos pobres, criados en el gris de la dictadura, esa caja era barata, futurista, y se manejaba solo. Era una manera de escapar del presente sin salir del cuarto.

El himno late con una máquina prestada

Hasta Los Prisioneros, que habían nacido a pura guitarra y rabia, agarraron la máquina. En su segundo disco, "Pateando piedras", de 1986, el sonido se volvió electrónico, con sintetizadores que venían directo de Depeche Mode y de Heaven 17. Y hay un detalle que lo dice todo: la caja de ritmos que hace latir "El baile de los que sobran", la canción más grande de la década, se la prestó Miguel Conejeros, de los Pinochet Boys, una banda del subterráneo punk con un nombre a propósito provocador, de esos que te llevaban preso por menos. O sea que el himno de los ochenta late, literalmente, con una máquina venida del underground más áspero. El pop más masivo y el subsuelo más duro eran, por debajo, la misma escena, prestándose aparatos.

Los Electrodomésticos, la vanguardia que casi nadie nombra

Y mientras Los Prisioneros llevaban la electrónica hacia el pop directo, otra banda la llevó a un lugar mucho más raro. Se llamaban Los Electrodomésticos, se formaron en 1984, los encabezaba Carlos Cabezas, y fueron la punta más arriesgada y experimental de todo el rock chileno de esos años. Lo suyo no era canción fácil ni buscaba serlo: era arte sonoro, electrónica, provocación, ruido con intención, cercano al dadaísmo, frío y filoso. Su disco "¡Viva Chile!", de 1986, quedó como un hito de la escena independiente. Los Electrodomésticos demostraron que el rock chileno no tenía una sola forma de sonar, y que en los márgenes, con máquinas, se podía resistir desde lo simbólico, sin gritar una sola consigna. Eran la vanguardia del subterráneo, y todavía hoy poca gente les da el lugar que merecen.

Un sonido sin sangre para un tiempo sin calor

La máquina prendió tan fuerte acá por razones que no fueron casualidad ni pura copia. Su frialdad rimaba con la época: un sonido sin sangre para un tiempo sin calor. Su futurismo le daba a una generación atrapada un sabor de otro mañana, uno distinto al presente que le tocaba. Y su precio la volvía un arma democrática: el que no tenía nada podía, con una caja, hacer el sonido del futuro. La electrónica, acá, no fue un lujo de estrellas; fue la herramienta de los que no tenían con qué. El pop, el arte y el underground se cruzaban, se pasaban máquinas y ideas, y entre todos armaron el otro sonido de los ochenta, el que no gritaba: zumbaba.

Rebobina, entonces, hasta esos años en que Chile aprendió a sonar a máquina. No todo en los ochenta fue el grito de guitarra de Los Prisioneros; también estuvo el zumbido eléctrico, el sintetizador y la caja de ritmos en manos de jóvenes que usaron el sonido del futuro para aguantar el presente. Y ese presente estaba por cambiar de golpe. Porque la década avanzaba hacia su momento decisivo: el año en que el país, por fin, iba a poder votar, y el estadio se iba a volver a llenar. De eso trata el capítulo que viene.

Fuentes

A mediados de los años ochenta, el synth-pop y el new wave llevaron el sintetizador y la caja de ritmos al centro de la música pop mundial: Depeche Mode, New Order —cuyo "Blue Monday", editado en marzo de 1983, es el sencillo de doce pulgadas más vendido de la historia—, Human League y Heaven 17, entre otros. En Chile, Los Prisioneros incorporaron un sonido más electrónico en su segundo álbum, "Pateando piedras" (1 de noviembre de 1986, EMI), con influencia declarada de Depeche Mode y Heaven 17; la caja de ritmos usada en "El baile de los que sobran" se la prestó a Jorge González el músico Miguel Conejeros, de la banda del underground punk Pinochet Boys. Los Electrodomésticos —trío formado en Santiago en 1984 por Carlos Cabezas, Silvio Paredes y Ernesto Medina— fueron uno de los actos de vanguardia más aclamados de la escena subterránea durante la dictadura; su álbum debut "¡Viva Chile!" se editó en casete el 7 de septiembre de 1986 por EMI Odeon y en 2008 la edición chilena de Rolling Stone lo situó entre los cincuenta mejores discos chilenos de todos los tiempos. La generación del "nuevo pop chileno" (Aparato Raro, Upa!, Cinema, Banda 69, Fulano, entre otras) surgió en ese mismo contexto. No se reproducen letras de canciones por derechos de autor. Datos recogidos de Wikipedia, MusicaPopular.cl, Memoria Chilena, Discogs y coberturas de prensa.

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