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Historia del rock chileno · Capítulo 8: la resistencia subterránea

Por Rebobinados · Publicado el 24 de agosto de 2026

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Historia del rock chileno · Capítulo 8: la resistencia subterránea

Ilustración: Rebobinados

En esos años, el mundo se puso a bailar. Era la era del disco: "Saturday Night Fever", la bola de espejos, las pistas iluminadas, los cuerpos moviéndose bajo las luces de colores. Una música hecha para el escape, para el sábado en la noche, para olvidar la semana y el mundo. El norte subió el volumen y se entregó a la fiesta. Bailar para olvidar.

Acá, en el mismo momento, la música iba en la dirección exactamente opuesta. Nada de bolas de espejos ni de volumen: una vela, una guitarra, una voz baja en una sala escondida. Mientras afuera se bailaba para olvidar, adentro se cantaba para recordar, y se cantaba bajito, porque cantar fuerte lo equivocado podía costarte la desaparición. Esa es la frase de este capítulo, y no es una metáfora bonita: había que cantar bajito para no desaparecer.

Cantar en clave

Con la Nueva Canción decapitada —sus grandes muertos o en el exilio—, uno pensaría que la música se había apagado adentro. No fue así. Una generación nueva, chiquillos recién salidos del liceo, estudiantes universitarios, tomó la posta. Le pusieron nombre: Canto Nuevo, bautizado en 1976 por Ricardo García, el mismo que años antes había nombrado a la Nueva Canción. Pero estos no podían cantar como sus mayores, de frente, porque de frente te mataban. Así que aprendieron a cantar en clave. Sus letras eran metáfora, poesía, significados escondidos: canciones que por fuera hablaban de un caballo, de la lluvia, de un río, y por dentro hablaban de los que ya no estaban, de la democracia perdida, del miedo. Lo que no se podía decir, se cantaba disfrazado. Y el que escuchaba, entendía. Era un idioma secreto entre los que sabían.

Las peñas, el último lugar donde juntarse

Ese idioma tenía sus templos: las peñas. Desde mediados de los setenta fueron apareciendo, semiclandestinas, lugares chicos donde la gente se juntaba a escuchar este canto en voz baja. El más recordado fue el Café del Cerro, en Bellavista, una especie de catedral de la música contra la dictadura. Ahí, y en otras peñas, tocaban Santiago del Nuevo Extremo, Schwenke y Nilo, Sol y Lluvia, Isabel Aldunate, Eduardo Peralta, tantos. Y la gente no iba solo a escuchar música. Iba a otra cosa, más honda: a saberse acompañada. En un país donde el miedo te aislaba, donde no sabías de quién fiarte, entrar a una peña y cantar bajito lo mismo que cantaba el de al lado era descubrir, sin decir una palabra, que no estabas solo. Que había más como tú. La música se volvió el último lugar donde un país amordazado podía juntarse y ser comunidad.

Susurrar costaba más coraje que gritar

Y esto tenía un precio, porque no eran fiestas tranquilas. La policía secreta de la dictadura vigilaba esos espacios, hacía redadas, detenía gente. Cantar en una peña no era como el punk de Londres, gritar rabia sin consecuencia. Acá, la metáfora no era timidez: era la única forma de seguir cantando sin que te llevaran. Cada canción disfrazada era un acto de nervio, un desafío en voz baja. Se necesitó más coraje para susurrar en el Chile del 78 que para gritar en cualquier esquina libre del mundo. La Iglesia, a través de la Vicaría de la Solidaridad, protegió parte de esta red; el resto lo sostuvo el puro empeño de gente que se negaba a callar del todo.

Lo que también hay que decir

Hay que ser honestos sobre lo que fue: algo pequeño, frágil, asustado, vigilado. No una resistencia triunfal, sino una llama cuidada en la oscuridad, siempre a riesgo de que la apagaran. Estaba ligada a un sector político, la izquierda golpeada, y hacia mediados de los ochenta se fue diluyendo. Pero hizo lo más importante que se podía hacer en ese momento: mantuvo la música viva adentro, no dejó que el silencio fuera total. Mantuvo el fuego prendido.

Y esa misma sala conecta este capítulo con todo lo que viene. El Café del Cerro, que cobijó el susurro del Canto Nuevo, fue también el primer escenario de otros que venían empujando: Los Prisioneros, La Ley, los primeros Tres. En el mismo lugar donde se cantaba en clave, con vela y guitarra, se estaban parando unos cabros distintos. Cabros que habían crecido sin conocer otra cosa que la dictadura, criados no con la quena y el charango sino con el rock y el pop que llegaba del norte, y que no tenían ninguna intención de cantar en metáfora. Iban a enchufar la guitarra eléctrica y a decirlo de frente. El susurro estaba a punto de volverse grito. La misma habitación que guardó la llama iba a ver nacer el incendio. De eso tratan los años ochenta.

Rebobina, entonces, hasta esas peñas con olor a vela, donde un país que no podía hablar cantaba en voz baja para no olvidarse de sí mismo. La voz de Chile, adentro, en esos años, fue un susurro en una pieza oscura. Pero un susurro no es silencio. Fue el sonido de un país que se negaba a que lo callaran del todo, que cantaba bajito para no desaparecer, y que en esa misma pieza oscura le pasó la llama, de mano en mano, a una generación nueva que muy pronto la iba a cantar a todo volumen. La resistencia empezó en voz baja. Estaba por levantar la voz.

Fuentes

El Canto Nuevo fue la primera respuesta musical surgida dentro de Chile frente a la represión cultural de la dictadura; el nombre lo acuñó en 1976 el locutor y productor Ricardo García, quien años antes había bautizado a la Nueva Canción. Ante la censura, sus letras fueron simbólicas y metafóricas, porque cantar textos de sentido político explícito era muy peligroso. Se desarrolló en peñas semiclandestinas —el Café del Cerro, en Bellavista, administrado por Mario Navarro Andrade, fue su espacio emblemático; también la Peña Doña Javiera, el Café Ulm y recintos universitarios y religiosos—, bajo vigilancia de la policía secreta (DINA y luego CNI) y con el amparo de la Vicaría de la Solidaridad (1976-1992). Entre sus exponentes: Santiago del Nuevo Extremo, el dúo Schwenke y Nilo, Sol y Lluvia, Ortiga, Aquelarre, Isabel Aldunate, Eduardo Peralta, Hugo Moraga y Nano Acevedo, entre muchos; el programa radial "Nuestro Canto" (Miguel Davagnino, Radio Chilena, 1976) ayudó a difundirlo. El Café del Cerro fue además el primer escenario de Los Prisioneros, La Ley y de la etapa temprana de Los Tres. El movimiento se diluyó al avanzar los años ochenta. En el reloj mundial: el auge de la música disco al final de los setenta ("Saturday Night Fever", 1977). Datos recogidos de Memoria Chilena, MusicaPopular.cl, la revista Resonancias (UC) y coberturas de prensa.

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