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Historia del rock chileno · Capítulo 7: el exilio y el silencio

Por Rebobinados · Publicado el 24 de agosto de 2026

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Historia del rock chileno · Capítulo 7: el exilio y el silencio

Ilustración: Rebobinados

En esos años, en Londres y en Nueva York, la juventud descubrió que podía gritar. Estalló el punk: los Sex Pistols, The Clash, los Ramones, chiquillos furiosos con la guitarra a todo volumen, escupiendo contra el sistema, contra la reina, contra el futuro. "No future", decían: no hay futuro. Era rabia joven, ruidosa, y sobre todo libre. Podían pararse en una esquina de Londres a insultar al poder, y lo peor que les pasaba era que los miraran feo. El norte gritaba su rebeldía en la calle, a plena luz.

Acá, la misma rabia no tenía dónde ir. El país que había amanecido mudo tres años antes vivía con toque de queda, censura, miedo. No se podía gritar contra el poder en una esquina, porque en esa esquina podían hacerte desaparecer. La rabia joven existía —cómo no iba a existir—, pero estaba tapada, tragada, sin salida. La diferencia entre el punk de Londres y el silencio de Santiago no era de talento ni de ganas: era que allá gritar estaba permitido y acá se pagaba con el cuerpo. La libertad de gritar, esa que el norte usaba sin pensarla, era justo lo que acá no había.

El apagón cultural

Adentro, el país vivía lo que se llamó el apagón cultural. La Nueva Canción estaba prohibida, borrada de la radio. Los discos peligrosos se escondían o se quemaban. Una generación entera creció sin la música de sus hermanos mayores, en una cultura gris, vigilada, con miedo a cantar fuerte. El país que pocos años antes cantaba en la calle con el puño en alto ahora bajaba la voz hasta el susurro. Adentro había silencio.

La voz se fue a cantar afuera

Pero la voz de Chile no se calló: se fue a cantar afuera. Y ocurrió una de las paradojas más duras de esta historia. Inti-Illimani y Quilapayún, los dos grupos más grandes de la Nueva Canción, estaban de gira en Europa el 11 de septiembre de 1973 —Inti en Italia, Quila en Francia—, y no pudieron volver. Una gira de un mes se transformó en quince años de exilio. Quince años. Se quedaron afuera, con prohibición de entrar a su propio país, y desde allá hicieron lo único que podían: cantarle a Chile al mundo. Rompieron el cerco de silencio que la dictadura había levantado —ese que impedía que las noticias entraran y salieran— llevando la Nueva Canción a los escenarios de Europa, denunciando lo que pasaba, manteniendo viva una música que en su tierra estaba prohibida. Pasó algo insólito: la música chilena sonaba más libre en Roma y en París que en Santiago. La voz de Chile cantaba fuerte. Solo que no cantaba en Chile.

Conciertos pegados a la frontera

Hay una imagen de esos años que lo dice todo. A los exiliados no los dejaban entrar, así que se acercaban lo más que podían: Inti-Illimani tocó en Tacna, en Perú, pegado a la frontera, y en Mendoza, al otro lado de la cordillera. Y a esos conciertos cruzaban la frontera miles de chilenos, salían de su país para poder escuchar a los suyos, porque los suyos no podían entrar. La voz golpeando la puerta de su propia casa, sin permiso para pasar, y la gente saliendo a buscarla al umbral. Así de rota estaba la cosa.

Machu Picchu, grabado en Francia

Y en ese destierro, lejísimos de casa, nació una de las obras más grandes de la música chilena. Los Jaivas, también fuera del país, tomaron un poema de Pablo Neruda, "Alturas de Machu Picchu", y lo convirtieron en música: un disco monumental, de 1981, que le canta a las ruinas incas y, por debajo, a un continente entero. Lo grabaron en Francia, a miles de kilómetros de las montañas que cantaban. La voz de Chile alcanzó una de sus cimas justo cuando estaba más lejos de su tierra. El hogar, hecho arte desde la distancia.

Gritar sin castigo y gritar con castigo

El contraste entre los dos relojes es la clave de este capítulo. El punk del norte gritaba "no hay futuro" como una pose, en países libres donde el futuro, mal que mal, seguía ahí. En Chile no había que fingir la falta de futuro: para miles de exiliados, para los que se quedaron en silencio, el futuro se había roto de verdad. Una rebeldía era un grito permitido; la otra, un grito castigado. Y esa diferencia —quién puede gritar sin consecuencias y quién paga por hacerlo— es de las cosas que un país no debería olvidar cuando recuerda de dónde viene.

Pero el silencio de adentro no era tan total como parecía. En las sombras, tapado por el miedo, algo empezaba a moverse: en las peñas que sobrevivían, en los que cantaban bajito lo que no se podía cantar fuerte, se estaba juntando una resistencia nueva. La voz, adentro, no estaba muerta: estaba agachada, esperando el momento de levantarse. De eso trata el capítulo que viene.

Rebobina, entonces, hasta ese Chile partido en dos mitades de una misma voz: la que cantaba libre pero lejos, en Roma, en París, en la frontera; y la que se quedaba en casa, callada, esperando. Durante quince años, la voz de Chile fue una voz exiliada, cantándole a su país desde la distancia, sin poder tocarlo. Iba a volver —los que se fueron volvieron en 1988, con la democracia—, pero eso todavía estaba lejos. Por ahora cantaba desde el otro lado del mar, y en casa, alguien la escuchaba a escondidas, en una radio con el volumen bajo, y sabía que no estaba solo.

Fuentes

Inti-Illimani (exiliado en Italia, con residencia en Roma) y Quilapayún (exiliado en Francia) se encontraban de gira en Europa al momento del golpe del 11 de septiembre de 1973; ambos, embajadores culturales del gobierno de Allende, quedaron impedidos de regresar y vivieron quince años de exilio, hasta que en septiembre de 1988, levantada la prohibición de ingreso, Inti-Illimani volvió a Chile. Desde el exilio difundieron la Nueva Canción por el mundo y apoyaron las campañas de solidaridad y por el retorno de la democracia, rompiendo el cerco informativo de la dictadura. Inti-Illimani tocó cerca de la frontera —Tacna (Perú, 1982) y Mendoza (Argentina, 1985 y 1986)—, conciertos a los que cruzaron numerosos chilenos. Los Jaivas, también en el exilio y radicados en Francia, grabaron en 1981 "Alturas de Machu Picchu", basado en el poema de Pablo Neruda. En Chile, la dictadura impuso censura, toque de queda y la proscripción de la Nueva Canción, en lo que se conoció como "apagón cultural". En el reloj mundial: la explosión del punk (Sex Pistols, The Clash, Ramones) en 1976-1977. Datos recogidos de Wikipedia, MusicaPopular.cl y coberturas de prensa.

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