The Clash
El punk que creía
Por Rebobinados · Publicado el 25 de agosto de 2026

Ilustración: Rebobinados
El punk, cuando estalló en Londres a mediados de los setenta, traía un lema y una actitud: "no hay futuro". Destruir, escupir, tres acordes rabiosos y al carajo con todo. Era una bomba, y como toda bomba, estaba hecha para reventar rápido y dejar humo. En medio de esa explosión apareció una banda que agarró la misma rabia y la usó al revés: en vez de reventar, construyó. La llamaron, con razón, "la única banda que importa". Se llamaban The Clash, y su diferencia con el resto del punk cabe en una sola palabra: creían.
Se formaron en Londres en 1976: Joe Strummer en la voz —el mayor del grupo, que venía de otra banda y traía algo de conciencia y de calle—, Mick Jones en la guitarra, Paul Simonon en el bajo, Topper Headon en la batería. Debutaron teloneando a los Sex Pistols, o sea nacieron en el corazón mismo del punk. Pero muy pronto se notó que eran otra cosa. Su primer disco, de 1977, ya no era solo furia: era furia apuntada. Apuntada al racismo, al desempleo, a la guerra, al imperio, a las cosas concretas que jodían la vida de la gente de su clase.
La rabia que construye
Y acá está la mirada que propongo, la vuelta de esta historia. El punk que se quedó en el "no hay futuro" era nihilista: no creía en nada, y por eso se encerró en tres acordes y en el gesto de destruir. The Clash creía en algo, y esa fe en que el mundo podía ser mejor los volvió, paradójicamente, los más curiosos y generosos de todos. Porque el que cree en el mundo quiere escuchar el mundo entero. Mientras el punk purista se cerraba, ellos abrían: metieron reggae, ska, dub, rockabilly, soul, hasta rap cuando el rap apenas nacía. Llamar a The Clash "banda punk" es como llamar a los Beatles "un grupo de barrio". El nihilismo te encierra en el puño cerrado; la fe te abre la mano y el oído. Su generosidad musical no era un adorno: era la consecuencia directa de creer en algo más grande que la propia rabia.
La curiosidad como forma de política
Eso se vio con nitidez en una causa: el racismo. Cuando el punk podía haberse quedado siendo cosa de blancos furiosos, The Clash abrazó la música negra, el reggae jamaicano, y se paró del lado correcto. Tocaron en el Rock Against Racism —el concierto que sacó al punk a la calle a pelear contra el odio racial— ante una multitud que las crónicas cuentan entre cincuenta y cien mil personas. Y lo que hicieron después es todavía mejor, porque les costó caro: le entregaron su escenario a la música que amaban. En sus giras los teloneaba el reggae de Mikey Dread y el soul de Lee Dorsey, y cuando en 1981 tomaron por asalto Nueva York con diecisiete noches seguidas en el Bond's, hicieron abrir a Grandmaster Flash and the Furious Five, a los Treacherous Three, a la Sugarhill Gang: el rap recién nacido, presentado a un público de punks blancos que los abucheó y les tiró cosas. Strummer salió a retar a su propia audiencia desde el micrófono. Para ellos, abrirse a la música del otro y defender al otro eran el mismo gesto.
«London Calling» y «Sandinista!»
Su obra cumbre lo corona. En 1979 sacaron "London Calling", un disco doble que se salía del punk por todos lados —rockabilly, reggae, jazz, rhythm and blues— y que hoy se considera uno de los mejores discos de la historia del rock. Su portada, con Paul Simonon reventando su bajo contra el escenario, quedó como una de las imágenes más famosas de la música. Era la prueba de que la banda que creía era también la más viva, la que no se repetía, la que seguía buscando.
Y para tu oído chileno hay un detalle que no se puede pasar por alto. Al año siguiente, en 1980, publicaron un disco triple y lo llamaron "Sandinista!", por los revolucionarios de Nicaragua. Una banda inglesa de punk, en la cima, le puso a su disco el nombre de una revolución latinoamericana, porque su mirada contra el imperio incluía a este lado del mundo. Su rabia no era solo británica: alcanzaba hasta acá, hasta nosotros, hasta los pueblos que el poder grande pisaba en nuestro continente. No éramos ajenos a lo que cantaban.
Lo que le pasa a una canción cuando sale al mundo
Dos canciones de su último gran disco, "Combat Rock" (1982), merecen que nos detengamos, porque cuentan algo sobre lo que le pasa a una obra cuando sale al mundo. La primera es "Rock the Casbah". Suena a fiesta, pegajosa, y por años se bailó como un hit alegre; pero de qué habla es otra cosa. Detrás hay un hecho real: tras la revolución de 1979, el régimen de Jomeini en Irán había prohibido la música en la radio y la televisión del Estado, la consideraba decadente, occidental, corruptora —Jomeini la declaró, textual, "no distinta del opio"—. La canción imagina, con humor y sarcasmo, a un pueblo que desobedece esa prohibición; hasta los pilotos de combate que el rey manda a bombardear a los manifestantes terminan poniendo rock en las radios de sus cabinas y sumándose a la revuelta. Es, en el fondo, una canción sobre la música como acto de rebeldía contra el poder que la quiere callar. La música, dicho sea con justicia, la armó casi solo el baterista Topper Headon; Strummer le puso la letra y el sentido.
Y acá, para el que viene siguiendo nuestra otra serie, la de la historia del rock chileno, hay una rima que eriza. En Irán, un régimen religioso prohibía la música por decadente y occidental. En Chile, por esos mismos años, una dictadura militar hacía sospechosos la quena y el charango por subversivos y de izquierda. Dos poderes opuestos hasta la médula —uno teocrático, el otro anticomunista— haciendo exactamente lo mismo: temerle a un instrumento, prohibir una música porque la sienten peligrosa. El autoritarismo, sea del signo que sea, siempre termina con miedo a las canciones. The Clash cantó eso mirando a Teherán, sin saber que estaba cantando también lo que pasaba en Santiago.
Y esa canción tuvo un destino amargo, de esos que enseñan. En 1991, durante la Guerra del Golfo, fue la primera que la radio de las fuerzas armadas de Estados Unidos puso para sus tropas, y alguien llegó a escribir la frase "Rock the Casbah" sobre una de las bombas que cayeron en Irak. Una canción contra la prohibición autoritaria de la música terminó pintada en un arma de guerra. Cuentan que Joe Strummer, antiimperialista de toda la vida, lloró cuando lo supo. Su obra se le había escapado de las manos y significaba, de pronto, lo contrario de lo que quiso decir.
La otra canción de ese disco, "Should I Stay or Should I Go", muestra la cara opuesta de lo mismo: en una banda famosa por su política, esta no habla de política para nada. La escribió y la canta Mick Jones, y es apenas la duda de un amor que no sabe si quedarse o irse, con unos coros en español improvisados en el estudio —para traducirlos, el operador de cinta llamó por teléfono a su madre y le leyó la letra—. Y fue, de todas sus canciones, la que llegó más lejos: recién en 1991, casi diez años después de grabarla, cuando la usaron en un comercial de jeans, se convirtió en su único número uno en el Reino Unido. La banda ya se había separado. Su mayor éxito les llegó cuando ya no existían. Las dos juntas dicen algo verdadero y un poco cruel: una vez que una canción sale al mundo, deja de ser tuya. Puede terminar en una bomba o en un comercial, y ya no depende de ti.
No eran santos de estampita
Ahora, la arista honesta, porque no fueron unos santos de estampita. The Clash firmó con una discográfica gigante, CBS, por un contrato enorme, y el mundo punk los acusó de venderse, de traicionar la pureza del movimiento. Y es una acusación con fundamento: no eran una banda de garaje, tenían el respaldo de una multinacional. Su respuesta, en los hechos, fue clara: preferían llegar a millones y pelear desde adentro que quedarse puros, chiquitos y marginales. Es una tensión real, la de siempre —la pureza que no llega a nadie contra el alcance que obliga a ensuciarse las manos—, y ellos eligieron el alcance. Se puede discutir; lo honesto es no esconderlo. La única banda que importaba importaba, entre otras cosas, porque decidió jugar donde se juega en serio.
La rabia con causa dura más
La lección que dejan, y por eso los traemos a Rebobinados, es esta. La rabia sola se quema rápido: casi todo el punk nihilista ardió y se apagó en pocos años, porque el "no hay futuro" no tiene a dónde ir. La rabia con causa, en cambio, dura, porque creer en algo te obliga a seguir, a aprender, a incluir, a construir. The Clash estuvo furioso toda su vida, pero fue una furia que abrazaba, no una que solo golpeaba. Creían en un mundo mejor, y esa fe los hizo curiosos, generosos y enormes.
Anda a escucharlos, empieza por "London Calling", y vas a oír a una banda que tomó la bronca de su tiempo y, en vez de encerrarse en el nihilismo de moda, la apuntó al mundo y se quedó abierta a todo. Joe Strummer murió en 2002, de golpe, con el corazón fallado; pero lo que creía le sobrevivió, y sigue sonando. Esa es la memoria que merece rebobinarse: la de los que probaron que se puede estar furioso y ser generoso a la vez, porque las dos cosas, bien miradas, nacen de lo mismo: de que te importe.
Fuentes
The Clash se formó en Londres en 1976; su formación clásica fue Joe Strummer (voz y guitarra rítmica; nacido John Graham Mellor, antes en la banda de pub rock The 101'ers), Mick Jones (guitarra y voz), Paul Simonon (bajo) y Nicky "Topper" Headon (batería). Debutaron el 4 de julio de 1976 teloneando a los Sex Pistols en Sheffield; el apodo "the only band that matters" ("la única banda que importa") nació como eslogan promocional de su sello, CBS, y se consolidó entre crítica y fans. Fusionaron reggae, dub, funk, ska, rockabilly y rap, entre otros géneros. Firmaron con CBS el 25 de enero de 1977 por unas 100.000 libras, lo que motivó acusaciones de "venderse". Tocaron en el carnaval del Rock Against Racism del 30 de abril de 1978, en Victoria Park (Londres), ante una concurrencia que las fuentes sitúan entre 50.000 y 100.000 personas. En sus giras de 1980 los teloneaban Mikey Dread y Lee Dorsey, y en su residencia de diecisiete conciertos en el Bond's International Casino de Nueva York (mayo-junio de 1981) programaron a Grandmaster Flash and the Furious Five, los Treacherous Three y la Sugarhill Gang, entre otros; varios de esos actos de hip-hop fueron abucheados por el público y Strummer recriminó a la audiencia desde el escenario. Su tercer álbum, el doble "London Calling" (diciembre de 1979), es considerado uno de los mejores discos de la historia; su portada, de Pennie Smith, muestra a Paul Simonon destrozando su bajo. En diciembre de 1980 editaron el triple "Sandinista!", nombrado por los revolucionarios nicaragüenses que derrocaron a Somoza. "Combat Rock" (1982) fue su mayor éxito comercial. "Rock the Casbah" (1982) narra a un rey que prohíbe la música: lo que describe es equivalente a la prohibición real de la música impuesta en Irán tras la Revolución de 1979 —el 24 de julio de ese año Jomeini ordenó suprimir la música de la radio y la televisión estatales por ser "no distinta del opio"—; la música fue compuesta en gran parte por el baterista Topper Headon y la letra por Joe Strummer. Durante la Guerra del Golfo (1991) fue la primera canción emitida por la radio de las fuerzas armadas estadounidenses en la operación Tormenta del Desierto, y la frase "Rock the Casbah" fue escrita sobre una bomba lanzada en Irak; según el documental "Joe Strummer: The Future Is Unwritten" (2007), Strummer lloró al enterarse. "Should I Stay or Should I Go" (1982), escrita y cantada por Mick Jones, lleva coros en español de Joe Strummer y Joe Ely traducidos en el estudio por teléfono por la madre del operador de cinta; alcanzó el número uno en el Reino Unido en 1991 —su único número uno allí—, tras usarse en un comercial de jeans, cuando la banda ya se había disuelto. La rima con la sospecha sobre los instrumentos andinos durante la dictadura chilena es una observación del autor. Topper Headon dejó la banda en mayo de 1982 y Mick Jones en septiembre de 1983; el grupo se disolvió en enero de 1986. Joe Strummer murió el 22 de diciembre de 2002, a los 50 años, por un defecto cardíaco congénito no diagnosticado. Ingresaron al Salón de la Fama del Rock en 2003. Las interpretaciones se ofrecen como lectura del autor. No se reproducen letras de canciones por derechos de autor. Datos recogidos de Wikipedia, del sitio oficial de la banda y de coberturas de prensa.
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