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Historia del rock chileno · Capítulo 6: el 11 de septiembre

Por Rebobinados · Publicado el 21 de agosto de 2026

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Historia del rock chileno · Capítulo 6: el 11 de septiembre

Ilustración: Rebobinados

Ese año, del otro lado del mundo, cuatro músicos ingleses publicaron un disco sobre la locura, el tiempo, el dinero y la muerte, las cosas que empujan a una persona al borde. Se llamó "The Dark Side of the Moon", y se volvió uno de los discos más escuchados de la historia. Mientras el planeta se ponía los audífonos para contemplar la oscuridad convertida en arte, Chile la vivió de verdad. Su lado oscuro no fue una metáfora. Llegó una mañana de septiembre, y no se fue por diecisiete años.

El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas dieron un golpe de Estado. Los aviones bombardearon La Moneda, el palacio de gobierno; Salvador Allende murió ahí ese día, después de un último discurso por radio en el que se despidió del país. El sueño del capítulo anterior —la vía chilena, el socialismo por los votos, el país cantando su futuro— terminó en una sola jornada, entre bombas y humo. Y empezó otra cosa, que duraría hasta 1990: una dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet.

El estadio de la fiesta se volvió el del terror

En los días y meses siguientes, miles de personas fueron detenidas. Se instalaron centros de detención y tortura por todo el país. Hubo ejecutados, y hubo desaparecidos: gente que se llevaron y de la que nunca más se supo. El mismo Estadio Nacional que en 1962 se había llenado de fútbol y de alegría, el del Mundial, se llenó ahora de prisioneros: miles de personas encerradas en las graderías y los camarines de un estadio deportivo, interrogadas, torturadas, algunas muertas. El lugar de la fiesta se volvió el lugar del terror. Guarda esa imagen del estadio, porque va a volver.

Las manos de Víctor Jara

Y en otro estadio, el Estadio Chile, ocurrió lo que se volvería el símbolo de todo. Víctor Jara —profesor universitario, la voz más querida de la Nueva Canción— fue detenido al día siguiente del golpe en la universidad donde enseñaba, y llevado ahí. Lo torturaron, le fracturaron las manos, las manos de un guitarrista, y el 16 de septiembre lo mataron con cuarenta y cuatro balazos. Tenía cuarenta años. No bastó con silenciar su canción: quisieron destrozar las manos que la hacían. Medio siglo después, la justicia chilena condenó a los responsables; no es leyenda, es un hecho probado, con culpables que tienen nombre. Hoy ese estadio lleva su nombre.

Un país entero bajó la voz

Lo que eso significó para la música, que es lo nuestro, fue una decapitación. El país que en el capítulo anterior cantaba en la calle, con el puño en alto, amaneció mudo. La Nueva Canción, que había sido la banda sonora del sueño, fue borrada del dial: sus canciones no se podían tocar en la radio, sus discos se escondían o se quemaban, sus músicos estaban muertos, presos o afuera. Inti-Illimani y Quilapayún, que andaban de gira por Europa cuando llegó el golpe, no pudieron volver, y se quedaron en el exilio cantándole a Chile desde lejos durante años. Y pasó algo que dice todo: tener una quena, un charango, ciertos discos, se volvió peligroso. Un instrumento andino en tu casa podía ser prueba de que eras del bando equivocado. La música, que hasta ayer llenaba las plazas, ahora se guardaba como se guarda un secreto que puede costar caro. Un país entero bajó la voz.

Lo que también hay que decir

No fue un ejército extranjero cayendo sobre un pueblo unido. Fue un país partido en dos, y una parte de ese país —la que había vivido el sueño como pesadilla, la que temía, la que hacía las filas y veía venir el caos— recibió el golpe con alivio, y a veces con alegría. Eso también es memoria, y hay que decirlo: mucha gente pensó, ese día, que la venían a salvar. Lo que ninguna de esas personas votó, ni imaginó, fue lo que vino después: que "salvar al país" significaría torturar, ejecutar, hacer desaparecer. Se puede entender el miedo que llevó a muchos a aplaudir ese 11 de septiembre; no se puede justificar lo que ese día desató. Las dos cosas son ciertas, y sostenerlas juntas —el miedo real de unos y el horror real que vino— es lo que separa la memoria de la propaganda.

Así terminó el sueño, y así empezó la noche. El país que había hecho de la música su bandera se quedó, de un día para otro, sin voz: la voz asesinada, la voz exiliada, la voz escondida bajo la cama junto a los discos que ya no se podían tener. Del otro lado del mundo, la gente seguía escuchando su disco sobre el lado oscuro de la luna, sin saber que en el sur había un país habitándolo. Pero una cosa no lograron, y en eso empieza el capítulo que sigue: no lograron matar las canciones. A Jara lo mataron, y "Te recuerdo Amanda" siguió viva. Sacaron la Nueva Canción de la radio, y siguió sonando bajito, en las casas, en los que se fueron, en la memoria. La voz se calló en la calle, pero no se apagó. Se metió para adentro y para afuera, a esperar. Y algún día iba a volver.

Fuentes

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 derrocó al gobierno de Salvador Allende; el palacio de La Moneda fue bombardeado por la Fuerza Aérea y Allende murió ese día en su interior, tras un último discurso radial. Se inició una dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet que se extendió hasta 1990. Los informes Rettig y Valech establecieron miles de víctimas de ejecución, desaparición forzada, prisión política y tortura. El Estadio Nacional —sede de la final del Mundial de 1962— funcionó como centro de detención masiva entre septiembre y noviembre de 1973. Víctor Jara, profesor universitario y figura central de la Nueva Canción, fue detenido el 12 de septiembre de 1973 en la Universidad Técnica del Estado y trasladado al Estadio Chile, donde fue torturado y asesinado con múltiples disparos; tenía 40 años. La justicia chilena condenó a exmilitares por el crimen, y el recinto lleva hoy el nombre de Estadio Víctor Jara. La Nueva Canción fue proscrita y sus músicos resultaron muertos, encarcelados o exiliados; la posesión de instrumentos andinos y de ciertos discos llegó a ser motivo de sospecha. El país estaba profundamente dividido y una parte de la población recibió el golpe con alivio, hecho que la historiografía registra junto con la violencia que vino después. En el reloj mundial: "The Dark Side of the Moon", de Pink Floyd, se publicó en marzo de 1973. Datos recogidos de Memoria Chilena, los informes Rettig y Valech, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, Wikipedia y coberturas de prensa.

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