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Historia del rock chileno · Capítulo 5: la vía chilena

Por Rebobinados · Publicado el 21 de agosto de 2026

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Historia del rock chileno · Capítulo 5: la vía chilena

Ilustración: Rebobinados

Hubo una época en que un país entero se atrevió a soñar en voz alta. Fue hace poco más de medio siglo, y de lo que pasó entonces venimos todos los que estamos acá. Empieza, como toda esta historia, con dos relojes marcando horas distintas.

En 1970, el sueño de los sesenta se estaba muriendo en el mundo. Los Beatles, que habían sido la banda sonora de una década de esperanza, anunciaron su separación ese año: se acababa el grupo que había hecho soñar al planeta. Y no fue lo único. Ese mismo año murieron Jimi Hendrix y Janis Joplin, dos de las voces más grandes del rock, jóvenes, quemados por sus propios excesos. La fiesta hippie, la de Woodstock y las flores, se apagaba en resaca. El mundo, que había prometido cambiarlo todo con amor y música, despertaba con dolor de cabeza y la sensación de que la utopía no había llegado. Afuera, el sueño terminaba.

La vía chilena

Y justo entonces, en el rincón sur del mapa, Chile empezaba el suyo. En septiembre de 1970 ganó la elección presidencial, y en noviembre asumió, un hombre que cambiaría el destino del país: Salvador Allende. Fue el primer marxista del mundo en llegar al gobierno por el voto, en una elección libre, y el primero en intentar algo que nadie había hecho: construir el socialismo sin una guerra, por la vía de las urnas y las leyes. Lo llamaron la vía chilena al socialismo, y esa palabra, "vía", lo decía todo. No el camino armado de Cuba, con fusiles en la sierra; un camino propio, en paz, votado. Un país chico se propuso cambiarlo todo sin disparar un tiro, y el mundo miró hacia acá sin creerlo del todo. Mientras el norte bajaba de su utopía, Chile subía a la suya. El sueño que allá se apagaba, acá recién se encendía.

El sueño se cantaba mientras se construía

Y ese sueño tenía una banda sonora, porque acá los relojes se tocan con lo nuestro. La raíz que Violeta había desenterrado y que los conjuntos habían hecho florecer se volvió, en esos años, la bandera de una época. La Nueva Canción dejó de ser solo música: pasó a ser parte del proyecto. Víctor Jara, Inti-Illimani, Quilapayún cantaban en los actos, en las fábricas, en las poblaciones, y sus canciones —"Venceremos", "El pueblo unido jamás será vencido"— eran a la vez himnos políticos y música que la gente cantaba de verdad, en la calle, con el puño en alto. El mundo de la cultura entero —músicos, cineastas, pintores, escritores— se puso del lado del proyecto. El sueño se cantaba mientras se construía. La música y la esperanza eran, por un rato, la misma cosa.

El rock, bajo sospecha

Hay una arista de esos años que no siempre se cuenta. En medio de todo eso, el rock —el rock eléctrico, el de guitarras, el que venía del norte— quedó apuntado con el dedo. Para buena parte de la izquierda de esos años, el rock era sospechoso: música de los gringos, del imperio, de aquello mismo contra lo que se luchaba. La bandera era la quena y el charango, no la guitarra eléctrica. Los Jaivas, que habían casado las dos cosas, pudieron seguir; pero el rock a secas quedó en segundo plano, esperando su momento, porque el país estaba en otra cosa. Hubo un tiempo en que amar el rock, acá, era casi ir a contramano del sueño. Guárdalo, porque explica varios silencios de esta historia: el rock chileno todavía tendría que esperar para tener su lugar.

La grieta

Pero no fue un cuento de hadas. El sueño era real, y el país se estaba partiendo en dos mientras soñaba. Había esperanza, sí, pero también filas para conseguir comida, precios que se disparaban, camioneros en huelga, una economía que se ahogaba. En el fondo latía un conflicto viejo: los dueños de Chile —de la tierra, del cobre, de los medios— defendiendo sus privilegios frente a un proyecto que quería repartir lo que por siglos había estado en pocas manos. Pero sería mentir decir que era solo eso, los ricos contra los pobres: el miedo también prendió en la clase media, en el pequeño comerciante, en la dueña de casa que hacía la fila, gente que no era la élite y que igual sintió que perdía el piso. Había una pelea de clase, y había además un país humilde partido por el susto. Las dos cosas al mismo tiempo.

Y había una presión enorme desde afuera. Estados Unidos no quería este experimento en su patio, y no se quedó mirando: está documentado, por sus propios archivos desclasificados, que Washington financió el boicot, la propaganda y la desestabilización para que el gobierno de Allende fracasara. Nadie votó por eso. La crisis que ahogaba al país era en parte real y chilena —el desabastecimiento, las huelgas, la economía trizada—, y en parte fabricada desde afuera por una potencia que metió la mano para hundir un proyecto que no le gustaba. Las dos cosas, a la vez: un país dividido de verdad, y una intervención extranjera que empujó esa división hacia el abismo. Las familias se dividían en la mesa; el que soñaba y el que temía dejaron de hablarse. La misma canción que para unos era himno, para otros era amenaza. No había un Chile soñando feliz: había un Chile intensamente vivo y peligrosamente dividido, jugándose el alma. Puedes pensar lo que quieras de cómo se hizo —muchos, hasta hoy, piensan cosas opuestas, y eso también es memoria—; pero que un país lo intentó, con toda el alma y cantando, no lo discute nadie.

El último respiro

Todo esto —el sueño, la música, la esperanza, la grieta— tenía los días contados. Este momento era un último respiro, aunque quienes lo vivían no lo sabían. Cantaban, marchaban, discutían, soñaban, sin saber que faltaba muy poco para que todo se rompiera de la peor manera. Pero no corramos. Antes de lo que vino, hay que quedarse acá un rato, en el país que todavía soñaba en voz alta, porque para entender lo que se perdió, primero hay que sentir lo que había. Lo que sigue es el capítulo más difícil de toda esta historia. Este, todavía, es el del sueño entero.

Rebobina, entonces, hasta ese Chile de comienzos de los setenta. Un país chico que se atrevió a algo que el mundo entero había dejado de intentar: cambiar su destino con votos y con canciones, en paz. Guárdalo así, completo, con su luz y con su grieta, sin achicarlo a bueno o malo, porque la memoria de verdad no cabe en esa caja. Hubo un momento en que este país cantó su futuro en voz alta, con todo el corazón, creyendo que lo alcanzaba. En el próximo respiro, esa voz se va a callar de golpe. Pero eso es mañana. Hoy, todavía, Chile canta.

Fuentes

Salvador Allende ganó la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970 y asumió el 3 de noviembre de ese año, al frente de la Unidad Popular, convirtiéndose en el primer marxista en llegar a la presidencia de un país por elecciones libres. Su programa, conocido como "la vía chilena al socialismo", planteaba transformaciones estructurales por medios institucionales y pacíficos, en contraste con el modelo de la Revolución Cubana. La Nueva Canción Chilena acompañó al proceso: Víctor Jara, Inti-Illimani y Quilapayún tocaron en actos, fábricas y poblaciones, y piezas como "Venceremos" (Sergio Ortega y Claudio Iturra) y "El pueblo unido jamás será vencido" (Sergio Ortega y Quilapayún, 1973) se volvieron himnos del período. El gobierno enfrentó una aguda crisis económica, con desabastecimiento, inflación y paros —entre ellos el de los camioneros de 1972—, y una fuerte polarización social. Documentos desclasificados del gobierno de Estados Unidos acreditan operaciones encubiertas y financiamiento destinados a desestabilizar al gobierno de Allende. En el reloj mundial: la separación de los Beatles en 1970 y las muertes de Jimi Hendrix y Janis Joplin ese mismo año. La valoración del período sigue siendo materia de debate abierto. Datos recogidos de Memoria Chilena, la Biblioteca del Congreso Nacional, Wikipedia y coberturas de prensa.

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