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Historia del rock chileno · Capítulo 3: la contracultura y la raíz
Por Rebobinados · Publicado el 21 de agosto de 2026

Ilustración: Rebobinados
Los años sesenta fueron, en casi todo el mundo, la década en que la juventud se soltó. Pero "soltarse" significó cosas distintas según dónde estabas parado. En Chile significó, curiosamente, lo contrario de lo que significó en el norte.
Afuera, sobre todo en Estados Unidos y Europa, la juventud se soltó hacia adelante. Kennedy caía asesinado en 1963 y con él se resquebrajaba una certeza; los Beatles cruzaban el Atlántico y desataban una histeria nueva; y hacia el final de la década, en un campo de Woodstock, medio millón de jóvenes se juntaba a escuchar rock bajo la lluvia, entre drogas, flores y la promesa de otro mundo. Era la contracultura: psicodelia, liberación individual, "prende, sintoniza y abandónate". Una rebeldía que empujaba hacia afuera del sistema, hacia la utopía, a veces hacia el escape. Los jóvenes del norte se soltaban de sus padres corriendo hacia adelante, hacia algo que todavía no existía.
Chile corrió para el otro lado
En Chile, la juventud también se rebelaba, pero corrió en la dirección opuesta: hacia abajo, hacia la raíz. Mientras el mundo inventaba el futuro, Chile fue a buscar su pasado. En pleno auge de la música importada —el rock del norte, los conjuntos argentinos que llenaban las radios, todo eso que la ventana de Viña dejaba pasar bien peinado—, un grupo de artistas empezó a recorrer el país recogiendo la música campesina que se estaba perdiendo. A la cabeza, una mujer: Violeta Parra. Violeta había andado por los cerros grabando a los viejos cantores, rescatando cuecas, tonadas y lamentos que nadie estaba anotando, y con eso construyó una obra propia, hondísima. No copió nada de afuera: excavó hacia adentro.
De esa excavación nació un movimiento. En 1965, en una casona de calle Carmen, en Santiago, los hijos de Violeta —Isabel y Ángel Parra— abrieron la Peña de los Parra, un lugar donde se cantaba la raíz y se discutía el país. Por ahí pasaron Víctor Jara, Rolando Alarcón, Patricio Manns; ahí se gestó lo que se llamaría la Nueva Canción Chilena. Poco después nacían los conjuntos que le pondrían cara: Quilapayún en 1965, Inti-Illimani en 1967, con sus ponchos y sus quenas, tan lejos de la estética del rock como se podía estar. La Nueva Canción no buscaba el futuro psicodélico; buscaba la tierra, el campesino, el obrero, y le cantaba a un país que estaba cambiando.
No era nostalgia: era una pregunta
Porque Chile, en esos años, estaba cambiando de verdad. Era la época de la reforma agraria, del "la tierra para el que la trabaja", del campo repartiéndose, de un país que se preguntaba en serio cómo repartir lo suyo. La música de la raíz no era nostalgia: era parte de esa pregunta. Cuando Víctor Jara cantaba por el campesino, no hacía folclor de museo; empujaba, junto a millones, hacia un país distinto. Por eso la Nueva Canción fue política desde la cuna: en ese Chile no se podía cantar a la tierra sin cantar también a quién debía pertenecer la tierra.
Conviene decir que el mundo también tenía esa otra cara. No todo afuera era psicodelia y escape: estaban Bob Dylan y Joan Baez, la canción de protesta, la guitarra puesta al servicio de una causa. La Nueva Canción chilena rima con esa familia, la comprometida, más que con la de Woodstock. Pero con una diferencia que la hace única: la chilena hundía sus raíces en lo indígena, en lo campesino, en la cueca y el charango, y estaba amarrada a un proyecto de país concreto, el que desembocaría en 1970. No era protesta importada. Era protesta con quena.
Violeta
Antes de seguir, hay que detenerse en Violeta, porque sin ella nada de esto existe. No fue solo la que recogió el folclor: fue compositora, poeta, pintora y bordadora, y la primera artista latinoamericana en exponer sola en el Louvre. Entre sus cientos de canciones dejó una que se soltó de Chile y dio la vuelta al mundo, hoy cantada en muchos idiomas: "Gracias a la vida", quizás el himno a la existencia más grande que ha salido de este país. La grabó en su último disco, en 1966, meses antes de morir. Porque Violeta, a comienzos de 1967, arrastrando una depresión honda y una sensación de abandono, se quitó la vida. Es una de las contradicciones más desgarradoras de nuestra música: la mujer que le enseñó a un continente a agradecer la vida no encontró cómo seguir la suya. No murió como un símbolo ni como un gesto; murió como una persona que había dado demasiado. Alcanzó a encender la raíz, pero no a ver el bosque que salió de ella.
La voz que llevó la raíz al continente
Y hubo una voz que se encargó de que ese bosque se escuchara lejos: la de Mercedes Sosa. Argentina, tucumana, la Negra fue la gran difusora del canto chileno en el continente. En 1969 grabó un simple con "Gracias a la vida" de Violeta en una cara y "Te recuerdo Amanda" de Víctor Jara en la otra —las dos raíces de esta historia en un solo disco—, y en 1971 su álbum "Homenaje a Violeta Parra" volvió esas canciones patrimonio de toda América Latina, al punto de que muchos creen todavía que "Gracias a la vida" es suya. No lo es, pero de tanto prestarle su voz, en parte la hizo suya. Años más tarde, la dictadura argentina la censuró y la empujó al exilio, el mismo destino que a los chilenos que ella cantaba: la persecución no respetó fronteras. Mercedes Sosa merece mucho más que este párrafo, y su obra tendrá su propio espacio; por ahora quede dicho que fue ella, más que nadie, quien llevó la canción chilena al mundo, y que en su voz la raíz de Violeta se hizo continente.
La mitad que le faltaba al rock chileno
¿Y qué tiene que ver todo esto con el rock chileno, que es lo nuestro? Todo, y es lo que hace de este un capítulo bisagra. Porque mientras el mundo se soltaba hacia el rock, Chile se soltaba hacia la raíz, y esa raíz —la que Violeta desenterró, la que la Nueva Canción hizo florecer— iba a ser, muy pronto, la mitad que le faltaba al rock chileno para dejar de ser un eco. El rock había llegado importado, ya lo vimos. La raíz estaba creciendo, honda y propia, en paralelo. Faltaba que alguien juntara las dos: la guitarra eléctrica de afuera y la quena de acá. Cuando eso pasara —y estaba por pasar—, Chile dejaría de sonar como el mundo y empezaría a sonar como Chile.
Mientras el norte se soltaba el pelo y corría hacia el futuro, Chile hacía algo más callado y más extraño: se agachaba a mirar de dónde venía. Buscaba su raíz justo cuando todos buscaban su escape. Y esa búsqueda, que parecía ir contra la corriente del mundo, fue la que preparó el terreno para que, en poco tiempo, este país tuviera algo propio que decir. No se puede tener voz sin saber de dónde vienes. Chile, en los sesenta, fue a averiguarlo.
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Fuentes
Violeta Parra (1917-1967) recorrió Chile recopilando cuecas, tonadas y cantos campesinos, y desarrolló a partir de ese trabajo una obra propia como compositora, poeta, pintora y bordadora; en 1964 expuso sus arpilleras y óleos en el Museo de Artes Decorativas del Palacio del Louvre, en París, siendo la primera artista latinoamericana en exponer allí de manera individual. "Gracias a la vida" apareció en "Las últimas composiciones" (1966), su último disco; Violeta se quitó la vida el 5 de febrero de 1967. En 1965 sus hijos Isabel y Ángel Parra abrieron la Peña de los Parra, en calle Carmen 340, Santiago, espacio clave en la gestación de la Nueva Canción Chilena, por el que pasaron Víctor Jara, Rolando Alarcón y Patricio Manns, entre otros. Quilapayún se formó en 1965 e Inti-Illimani en 1967. El período coincidió con la reforma agraria chilena. Mercedes Sosa grabó en 1969 un simple con "Gracias a la vida" y "Te recuerdo Amanda", y en 1971 el álbum "Homenaje a Violeta Parra", decisivos en la difusión continental de la canción chilena; la dictadura argentina la censuró y en 1979 partió al exilio. En el reloj mundial: el asesinato de John F. Kennedy en 1963, la llegada de los Beatles a Estados Unidos en 1964, el festival de Woodstock en 1969 y la canción de protesta de Bob Dylan y Joan Baez. Datos recogidos de Memoria Chilena, MusicaPopular.cl, Wikipedia y coberturas de prensa.
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