Joaquín Sabina
Nació tres veces
Por Rebobinados · Publicado el 9 de septiembre de 2026

Ilustración: Rebobinados
El padre de Joaquín Sabina era inspector de policía. El hijo se convirtió en la voz más noctámbula, más canalla y más literaria de la canción en español.
Esa contradicción de origen —el hijo del que representaba el orden volviéndose el poeta del desorden— es un buen resumen del personaje. Y hay que decir "personaje", porque Sabina construyó el suyo con tanto cuidado como sus versos.
El cóctel molotov
Nació en Úbeda, en Jaén, en 1949. Escribía poemas desde chico y armaba bandas, pero lo que le partió la vida fue la política.
En 1970, estudiante en Granada y militante antifranquista, lanzó un cóctel molotov contra una sucursal del Banco de Bilbao, en protesta por el Proceso de Burgos. Esa noche dejó de ser un estudiante con opiniones y pasó a ser alguien a quien buscaban.
Huyó. Y para salir usó un pasaporte prestado que pertenecía a otro hombre, Mariano Zugasti, con cuyo nombre vivió un tiempo. Terminó en Londres, donde se quedó hasta 1976.
Fueron años duros y formadores, los mismos que a otros exiliados de otras dictaduras les cambiarían la música para siempre. Okupa, mesero, estudiante. Organizando con otros españoles clubes de cine para mostrar las películas que Franco prohibía. Ahí escribió sus primeras canciones.
La postal que él mismo desarmó
Y ahí también ocurre la anécdota más citada de esos años: que en un bar londinense, en los setenta, Sabina cantó por primera vez ante un público que incluía a George Harrison, y que el beatle le dejó unas monedas.
Es una postal perfecta: el exiliado que aún no era nadie, cantándole sin saberlo a la historia. Sabina la contó muchas veces.
Y después la desarmó él mismo. Preguntado por las monedas que supuestamente guardó como reliquia, contestó que en realidad se las bebió esa misma noche.
Vale la pena quedarse ahí un segundo, porque explica al personaje entero. Sabina se pasó la vida construyendo su propia leyenda y desinflándola en la frase siguiente. Esa es la mecánica exacta de sus canciones: el gesto grandilocuente y, pegado, el chiste que lo baja a tierra.
El poeta canalla
Volvió a España en 1977, con la dictadura recién terminada, y de a poco fue construyendo lo que sería.
Con su bombín, su voz rasgada y un verso afilado como navaja, se volvió el cronista de la noche, de los amores que salen mal, de los bares y las madrugadas, de los perdedores con dignidad. Hotel dulce hotel, y sobre todo 19 días y 500 noches, de 1999, lo confirmaron como algo raro en la música popular: un letrista que era, de verdad, un poeta.
No es una manera de hablar. Publicó libros de sonetos —sonetos de los de contar sílabas—, y lo que hacía en las canciones era meter en tres minutos de radio la misma densidad que en un buen poema, sin que dejaran de ser pegajosas y de cantarse a gritos en cualquier mesa.
Escribió la banda sonora de varias generaciones que se reconocieron en sus fracasos contados con gracia, en su ternura disfrazada de cinismo.
Las tres veces que nació
Él mismo resumió su vida diciendo que había nacido tres veces. La primera, en Úbeda. La segunda, cuando volvió del exilio.
La tercera fue el 24 de agosto de 2001, cuando un infarto cerebral casi lo mata. Despertó sintiendo que un brazo y una pierna ya no le pertenecían.
Sobrevivió, y el cuerpo se recuperó bastante rápido. La cabeza no. Cayó en una depresión profunda, con pánico escénico, y en un pozo del que le costó años salir. De ahí sacó, como siempre, canciones: en 2005 publicó Alivio de luto, que fue a la vez el disco de la caída y el de la salida. Volvió con la voz todavía más rota que antes.
Esa es la marca de Sabina: no esconde el daño, lo canta. Cada golpe terminó convertido en verso.
Dos pájaros
Hay una amistad que hay que nombrar, porque es historia de la cultura hispana: la suya con Joan Manuel Serrat.
Los dos gigantes de la canción en español se juntaron desde 2007 en la gira Dos pájaros de un tiro, intercambiando repertorios con una complicidad que se notaba desde la última fila. Ver a Serrat y a Sabina en un mismo escenario era ver dos maneras opuestas y complementarias de ser enorme: Serrat, la elegancia y la hondura serena; Sabina, el desgarro y la fiesta triste. Dos poetas, dos vidas, una misma lengua.
Y fue justamente en un concierto con Serrat, en el WiZink Center de Madrid, el 12 de febrero de 2020 —el día que cumplía setenta y un años—, donde Sabina se cayó del escenario al foso y se hizo un hematoma intracraneal. Un susto grande, en su propio cumpleaños, delante de miles de personas.
Irse a tiempo
Después vino lo más difícil de todo, que es bajarse. En 2025, tras una gira de despedida llamada Hola y adiós, se retiró oficialmente de los escenarios. El hombre que había vivido siempre al borde eligió el momento de irse, con la dignidad de quien no quiere que lo vean apagarse.
Joaquín Sabina está vivo, retirado, escribiendo. Y sigue siendo lo que fue siempre: uno de los poetas más grandes que ha dado la canción popular en nuestro idioma, un tipo que hizo de sus caídas —el exilio, los excesos, el infarto, la depresión— la materia de una obra que a millones les puso palabras a lo que no sabían nombrar.
Si te tocó alguna vez estar despierto a las cuatro de la mañana con una pena que no cabía en el pecho, y encontrar en una canción suya la compañía exacta, ya sabes de qué se trata. Sabina no cantó para los que la tenían fácil. Cantó para los que se caen y se levantan, y se vuelven a caer, y siguen. Que es, mirándolo bien, casi todo el mundo.
Anda a escuchar "19 días y 500 noches". Vas a encontrar a un poeta con voz de bar contándote tu propia vida, y haciéndola sonar, por un rato, digna y hasta hermosa.
Fuentes
Joaquín Ramón Martínez Sabina (Úbeda, Jaén, España, 12 de febrero de 1949), cantautor, poeta y pintor; su padre, Jerónimo Martínez Gallego, fue inspector de policía. Militante antifranquista, en 1970 lanzó un cóctel molotov contra una sucursal del Banco de Bilbao en Granada, en protesta por el Proceso de Burgos, lo que precipitó su exilio; salió de España con un pasaporte prestado perteneciente a Mariano Zugasti. Vivió en Londres entre 1970 y 1976, donde fue okupa, trabajó en distintos oficios, organizó cineclubes con otros exiliados y escribió sus primeras canciones. La anécdota de haber actuado en un bar londinense ante George Harrison está documentada, aunque el propio Sabina desmintió después la versión de que hubiera conservado como reliquia las monedas que aquel le dejó, afirmando que se las bebió esa misma noche. Regresó a España en 1977. Editó "Inventario" (1978), "La Mandrágora" (1981, junto a Javier Krahe y Alberto Pérez), "Hotel dulce hotel" (1987) y "19 días y 500 noches" (1999, Premio Ondas), entre diecisiete discos de estudio. Publicó libros de poesía, entre ellos el volumen de sonetos "Ciento volando de catorce". Es conocido como "el poeta canalla" y cronista de la noche. El 24 de agosto de 2001 sufrió un infarto cerebral; se recuperó físicamente pero atravesó una depresión profunda y pánico escénico, reflejados en "Alivio de luto" (2005). Mantuvo una célebre alianza con Joan Manuel Serrat, con la gira "Dos pájaros de un tiro" desde 2007 y un álbum conjunto. El 12 de febrero de 2020, el día que cumplía 71 años, se cayó del escenario al foso durante un concierto con Serrat en el WiZink Center de Madrid y sufrió un hematoma intracraneal. En 2025 se retiró oficialmente de los escenarios tras la gira de despedida "Hola y adiós". Texto de autoría externa, editado y verificado para Rebobinados. Las interpretaciones sobre el sentido de su obra se ofrecen como lectura del autor. No se reproducen letras de canciones por derechos de autor. Datos recogidos de Wikipedia, el Instituto Cervantes y coberturas de prensa española y latinoamericana.
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