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Década 80s · Ritmo pop

Jorge González

Lo comío, lo bailao

Por Rebobinados · Publicado el 31 de agosto de 2026

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Jorge González: Lo comío, lo bailao

Ilustración: Rebobinados

Después de años lejos de las cámaras, Jorge González —probablemente la figura más importante que ha dado el rock chileno— eligió dar una entrevista larga, en su propia casa, al programa "El cuarto de música" de Cristián "Chico" Pérez. Lo primero que le preguntaron fue por su salud. "De lo más vivo", contestó. Lo que sigue es un retrato armado con esa conversación y con la obra: González contándose a sí mismo, que es como mejor se cuenta.

Se hizo solo

Su papá llegó un día con un piano de cuarta mano que estaban botando en una iglesia, y él empezó a sacarle acordes de la revista El Musiquero, sin profesor. "No tuve profe", dice. Leía desde los cuatro años, "lo que cayera a las manos", hasta que "llegó el golpe, le pusieron impuesto a los libros" y de repente solo podía leer el que tenía plata para cruzar la ciudad a una librería. Su gusto musical no tenía frontera: Chicago y Kiss, Nicola di Bari y Miguel Bosé, Rafaella Carrà. "Lo que caiga y venga a la oreja, venga para adentro." Su primera canción favorita, a los once, fue "If You Leave Me Now", de Chicago: "Esa canción me volvió loco hasta el día de hoy."

La radiografía de un país

Con Los Prisioneros —él, Claudio Narea y Miguel Tapia, tres jóvenes de San Miguel— no solo protestó: le tomó la radiografía a un país. "El baile de los que sobran" no es un grito, es un diagnóstico: los jóvenes que hacen todo lo que se supone, estudian, se portan bien, y descubren al salir que el sistema no tiene lugar para ellos. González tenía una capacidad rara para leer la sociedad y devolvérsela cantada, tan clara que dolía.

Una mirada de clase

Esa mirada era, sobre todo, de clase, y venía de dónde venía. Cuando la banda salió a tocar por el continente, cuenta, "el cuento de los niños humildes de San Miguel allá no existía, la excusa de Pinochet no servía", y les tocó demostrar que las canciones se sostenían solas: "La peleamos de igual a igual" con músicos de países grandes, acostumbrados a exportar artistas. En Chile giraban sin auspicio, perdiendo plata para sonar bien, mientras las otras bandas iban con el patrocinio de una bebida que, anota él con su humor negro, estaba "manejada por los tiras, por Pinochet". Y detrás de todo estaba Carlos Fonseca, su compañero de curso convertido en mánager: "Sin él no existieron Los Prisioneros como los conocemos. A él se le ocurrió que la hueva podía hacer billete." Carlos, el motor.

La pelea nunca fue envidia

Esa mirada de clase la aplicaba a todo, incluso a sus pares. Fiel a su costumbre de decir lo que piensa aunque moleste, en esa misma entrevista soltó una lectura filosa sobre el rock argentino de los ochenta. Se preguntaba por qué esos músicos, que habían vivido su propia dictadura, venían a tocar a un Chile en dictadura "y se forran", y se contestaba que era porque venían de la clase alta, "una manga de chetos". Conviene separar ahí dos cosas. Una es un dato histórico real: durante la guerra de Malvinas, la dictadura argentina restringió la música en inglés en la radio, y eso impulsó el rock en español; "eso le hizo la carrera", dice. La otra es su generalización de clase, que es opinión suya, discutible y hasta injusta, porque muchos de esos rockeros fueron perseguidos por el régimen y lo repudiaron. Su teoría sigue, y se pone brava: dice que el máximo referente argentino es Borges, "y el gallo era terrible facho", mientras el chileno es Neruda, "que no era nada facho"; que los intelectuales argentinos eran puro artificio, frente a un Neruda o un Nicanor Parra "coloquiales, de las cosas sencillas". Más allá de si tiene razón, la frase revela algo de él: su pelea con Soda y con Charly nunca fue envidia, era clase y era proyecto. Cuando dispara contra los cuicos, González está defendiendo de dónde viene.

El disco que salió de una traición

Entonces la banda se torció con una historia que parece teleserie. González se involucró con Claudia Carvajal, la mujer de Narea, su guitarrista y amigo desde el colegio; el enredo quebró la amistad y la banda. Los dos lo contaron después, cada uno a su manera, y ni siquiera coinciden en qué fue. De ese quiebre salió "Corazones", de 1990, que en los hechos fue su primer disco solista aunque llevara el nombre del grupo. Ahí está el viraje que lo explica: del analista social de "Pateando piedras" pasó de lleno al amor, el desamor y el rencor de las heridas límites. El que le había tomado la radiografía a la sociedad se la tomó, por un disco entero, a su propia herida. Es uno de los grandes discos del pop en español, y nació de una traición entre amigos.

No repetirse nunca

Lo que vino después fue una carrera de no repetirse. Cansado de "tener que ser el número uno para vivir de la música" —"el número cinco ya no vive de la música", dice—, y harto de cómo el sello promocionó su debut solista, hizo algo muy suyo: se propuso grabar un disco impromocionable. Ese fue "El futuro se fue", que tocó prácticamente solo y fue a mezclar al estudio de Peter Gabriel, en Inglaterra, donde levantó canciones que había grabado con apenas dos pistas. Rompió su contrato millonario para buscar libertad. Metió el house y la cumbia en el pop chileno antes que nadie —la epifanía le llegó en una gira por Colombia, cuando Fonseca trajo de Europa un compilado de house y "me voló la cabeza"—.

La casa en el árbol

Y en medio de todo eso está "Mi casa en el árbol", del disco que el sello quiso lanzar como producto de exportación: una canción sobre querer una casa arriba de un árbol, un refugio, un lugar donde nadie lo moleste. La ironía es perfecta: la industria empujándolo como estrella pop, y la canción del centro pidiendo desaparecer. Y eso hizo. En 2001 reunió a Los Prisioneros —fue idea suya, tras salir de una rehabilitación en Cuba, sin un peso— y llenaron dos veces el Estadio Nacional. La terapeuta cubana le había advertido que someterse otra vez a esa presión era "lo peor que puede hacer un adicto". Igual lo hizo; económicamente, dice, "estuvo fantástico". La banda reunida grabó discos nuevos antes de que él volviera, una vez más, a lo suyo. Lo tenía claro: "Los Prisioneros nunca repitieron un estilo en otra canción."

Tocar como ahora

Hace unos años se quebró una pierna en Valdivia y pasó seis meses en cama. No lo cuenta como tragedia. "Estaba feliz de haber quedado vivo, me parecía suficientemente revivido. Estar vivo no es poco." De algún doctor que le pronosticó pocos meses de vida se ríe: "Yo sabía seguro que no me iba a morir nada." Y de esa convalecencia salió, por un camino inesperado, su música nueva. La terapia para la mano era apretar una pelotita —"no es nada estimulante", protesta—, hasta que se puso a tocar un teclado. Contactó a Colombina Parra, que siempre había dicho que le gustaba su música. "Yo le dije, no puedo tocar como antes. Y me dijo: toca como ahora. Ahí me cambió la vida." Empezó a hacer canciones otra vez, con menos tambores, más peladas, y a componer desde este cuerpo, no desde el de antes. El creador encontró cómo seguir creando.

Lo comío, lo bailao

Al final de la entrevista le preguntaron por el balance de su vida. "Lo comío, lo bailao, no me lo quita nadie", resumió. Y se ubicó, sin falsa modestia, en la lista grande: "Está la Violeta, está Víctor, está Jorge." Pero enseguida le puso el matiz lúcido: cuando Violeta y Víctor vivían, "no le hicieron nada, nadie pensaba que eran tan buenos, lo que es un error"; a él, en cambio, lo están reconociendo vivo, y eso lo desconcierta: "Yo pensaba que esa cosa les pasaba a los muertos no más." Cerró, cómo no, con humor: "Soy marxista, pero de Marx", por Groucho, su ídolo.

Eso es Jorge González, y por eso es de culto. Escribió las canciones que le tomaron la radiografía a una generación, convirtió una catástrofe privada en uno de los grandes discos del pop en español, dejó la fama para hacer exactamente lo que quiso, y cuando el cuerpo le cambió, aprendió a tocar como ahora. Anda a escucharlo, y no solo a Los Prisioneros: escucha esa obra solista rara y libre que casi nadie le dio la oportunidad de ser otra cosa que "el ex Prisionero". Vas a oír a uno de los grandes haciendo, siempre, lo que se le dio la gana.

Fuentes

Perfil basado en la carrera de Jorge González (Santiago, 6 de diciembre de 1964), líder y compositor de Los Prisioneros, y en su entrevista con Cristián "Chico" Pérez para el programa "El cuarto de música" (2025), su regreso a la televisión tras años de ausencia; la conversación completa está disponible en video. Las frases entrecomilladas provienen de esa entrevista, citadas de forma breve y levemente editadas para lectura, sin alterar su sentido. Referencias de obra: "La voz de los '80" (1984), "Pateando piedras" (1986), "La cultura de la basura" (1987), "Corazones" (1990, esencialmente su primer disco solista, producido por Gustavo Santaolalla; sus letras estuvieron marcadas por su relación con Claudia Carvajal, entonces esposa de Claudio Narea, hecho que precipitó la salida de este de la banda; ambos han dado versiones distintas, Narea en "Los Prisioneros: biografía de una amistad" y González en su autobiografía "Héroe"); álbum debut solista homónimo (1993, con "Mi casa en el árbol"); "El futuro se fue" (1994); y sus proyectos de electrocumbia y electropop (Gonzalo Martínez, Los Updates). Los Prisioneros se reunieron en 2001 con dos conciertos en el Estadio Nacional y editaron nuevos discos ("Los Prisioneros", 2003; "Manzana", 2004). Nota histórica: durante la guerra de Malvinas (1982) la dictadura argentina restringió la música en inglés en la radio, lo que impulsó el rock en español; la generalización de clase que hace González es opinión suya y es discutible, dado que numerosos rockeros argentinos fueron perseguidos por el régimen y lo repudiaron. No se reproducen letras de canciones por derechos de autor. Datos complementarios recogidos de Wikipedia, MusicaPopular.cl, La Tercera y otras coberturas de prensa.

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