Marciano Cantero
La voz de la adolescencia
Por Rebobinados · Publicado el 5 de septiembre de 2026

Ilustración: Rebobinados
Hay muchas probabilidades de que, en algún momento de tu vida —una fiesta, un asado, un viaje largo, una pena de amor a los quince—, haya sonado una canción de Enanitos Verdes. "Lamento boliviano", "Tu cárcel", "La muralla verde". Esa es la primera cosa que hay que entender de Marciano Cantero: su voz es un mueble en la memoria de millones de personas, repartida por todo un continente.
La voz de los sentimientos comunes
Marciano nació en Mendoza en 1960. Una tarde de 1979, en la pieza de Felipe Staiti, en esa ciudad fría, los dos —él con el bajo, Staiti con la guitarra— empezaron a juntarse a tocar sin nada más que la ilusión, y de ahí salió Enanitos Verdes, con Daniel Piccolo en la batería. Marciano fue la voz y el bajo de todas las formaciones, siempre. Y esa voz —nasal, sentida, reconocible al primer segundo— se volvió la voz de los sentimientos más comunes y más universales que hay: la soledad, el primer amor, la nostalgia, la amistad, esas penas chicas que a los diecisiete se sienten enormes.
La banda de la gente, no de los críticos
Hay que decirlo con franqueza, porque es parte de su grandeza: Enanitos Verdes nunca tuvo el prestigio intelectual de un Cerati ni la mística de culto de un Luca Prodan. Fueron otra cosa, quizás más difícil: un amor masivo, de todo el continente. Escribieron y cantaron las canciones que la gente de verdad cantaba, en cada fiesta, en cada asado, en cada viaje de curso, en cada noche de estar superando a alguien. No eran la banda de los críticos; eran la banda de la gente. Y eso, que algunos miraban por encima del hombro, es lo más difícil de lograr en la música: colarse en la vida real de millones.
Por qué esas canciones no se despegan
Y hay una razón honda de por qué esas canciones se quedan pegadas para siempre. "Mi primer día sin ti", "Tus viejas cartas", esa guitarra que suena a tener quince años: son canciones que entran en la adolescencia, cuando la identidad todavía está blanda, en formación, y por eso no se despegan nunca. No es que sean mejores que las que uno escucha a los cuarenta; es que llegaron cuando uno era material fresco, y quedaron fundidas con el que uno estaba empezando a ser. "Tus viejas cartas", de hecho, nació de un amor real de Marciano —una chica de Mendoza, Viviana, de cuando él tenía veintiuno, antes de la fama, y las cartas que se mandaban cuando la banda se fue a Buenos Aires—: es su propia adolescencia hecha canción. Y "Volver a los 17", de Violeta Parra, hace exactamente lo mismo, aunque una sea un poema mayúsculo y la otra suene en una fiesta: las dos te devuelven al tiempo en que eras turbulento y nuevo, cuando todo se sentía por primera vez y por eso se sentía absoluto. La grandeza de una canción no se mide por su prestigio, sino por su poder de devolverte a quien fuiste. Ahí, por una vez, la folclorista trágica y la banda pop de Mendoza quedan en el mismo estante.
Las cartas que guardó
Y hay algo en esa canción que quizás ya no le diga lo mismo a alguien más joven, y conviene detenerse ahí. "Tus viejas cartas" le habla a quien alguna vez escribió una carta y, sobre todo, a quien esperó una. Antes se escribía a mano, y esa espera —los días entre que la mandabas y la recibías— era parte del amor. Escribir a mano, además, obligaba a pensar despacio, a ordenar lo que uno sentía antes de soltarlo; por algo la gente llevaba diarios de vida, para templarse en la escritura. Heidegger, en sus clases sobre Parménides, sostenía que la palabra escrita pertenece en su origen al dominio de la mano, y que la máquina la arranca de ahí y la degrada a mero medio de transmisión, a información: lo escrito a máquina, decía, ya no viene de la mano que escribe. En una carta manuscrita todavía está la mano, y con la mano, la persona: el pulso, la presión sobre el papel, la caligrafía torcida o prolija son de una sola persona en el mundo. Una carta lleva la identidad de quien la escribió aunque no tenga su firma; reconocías quién te escribía antes de leer el nombre. Marciano guardaba las cartas de Viviana, y en esa canción no guardó solo un amor: guardó una manera de querer que casi desapareció.
Dos himnos que no eran suyos
Y hay un detalle curioso que dice mucho de Marciano. Dos de sus himnos más grandes ni siquiera eran suyos. "Lamento boliviano" era una canción de otra banda, Alcohol Etílico; "Tu cárcel" era de Los Bukis, de Marco Antonio Solís. Pero Marciano las cantó con tanta entrega que todo el continente se olvidó de que eran versiones: se volvieron canciones de Enanitos, y después, canciones de cada uno. Ese es un don raro, y muy valioso: tomar una canción prestada y convertirla en un pedazo de la vida de millones. Cuando Marciano murió, el propio Marco Antonio Solís lo despidió diciendo que era "más lamentable que el mismo Lamento Boliviano".
La ciudad fría que conquistó un continente
La banda de la ciudad fría conquistó el continente entero. La gira Big Bang, en 1994, fueron ciento veintinueve shows por Argentina, Latinoamérica y Estados Unidos, la más extensa que había hecho hasta entonces una banda de rock argentina. Y hay un gesto que lo pinta: Marciano amó tanto a México que se fue a vivir allá, a Hermosillo, unos quince años, y se hizo también mexicano. Enanitos Verdes fue tan de México como de Argentina; sus canciones se cantaban igual en Buenos Aires que en Guadalajara. Fue una de esas bandas que borran la frontera, que hacen que un continente entero se sienta un solo barrio.
Volver a casa
Murió el 8 de septiembre de 2022, en Mendoza, la ciudad donde todo había empezado, a los sesenta y dos años, pocos días después de su cumpleaños, por complicaciones tras una operación al riñón. Había vuelto a casa. Se fue en silencio, sin escándalo, como quien deja la fiesta temprano después de haberla animado durante cuarenta años.
Marciano ya no está, pero su voz no se fue. Sigue sonando en cada "Lamento boliviano" que alguien pone en una fiesta y hace que la sala entera cante de golpe, a los gritos, abrazada; en cada "Tu cárcel" que alguien elige para sentir una pena hasta el fondo. Si alguna vez tuviste quince años y cantaste una de esas a todo pulmón, convencido de que nadie en el mundo había sentido lo que sentías en ese momento, entonces Marciano estuvo ahí, acompañándote sin que lo supieras. No escribió todas sus canciones más famosas, pero las hizo de todos. Y al final, mirándolo bien, es lo mismo.
Fuentes
Horacio Eduardo "Marciano" Cantero (Mendoza, 25 de agosto de 1960 – Mendoza, 8 de septiembre de 2022), voz y bajo de Enanitos Verdes, banda formada en Mendoza en 1979 junto a Felipe Staiti en guitarra y Daniel Piccolo en batería, este último hasta 2009. Enanitos Verdes es una de las bandas más populares e internacionales del rock en español, con catorce discos de estudio en más de cuarenta años de trayectoria. "Lamento boliviano", incluida en el álbum "Big Bang" (1990), es una versión de una canción de la banda Alcohol Etílico, escrita por Raúl Federico Gómez y Natalio Faingold; la versión de Enanitos se convirtió en la definitiva. "Tu cárcel" es un cover de Los Bukis, de Marco Antonio Solís. Otros éxitos: "La muralla verde", "Amigos", "Luz de día", "Igual que ayer", "Te vi en un tren", "Por el resto", "Mi primer día sin ti" y "Tus viejas cartas", esta última compuesta por Cantero e inspirada en una relación real de su juventud en Mendoza, hacia 1981, y en las cartas que intercambiaron tras mudarse la banda a Buenos Aires. La gira Big Bang (1994) sumó unos 129 shows y fue la más extensa de una banda de rock argentina hasta entonces. El disco "Tracción acústica" (1998) fue nominado al Grammy al mejor álbum de rock latino o alternativo en la ceremonia de 1999, que ganó Maná; la banda volvió a ser nominada por "Néctar" en 2000. Cantero vivió cerca de quince años en Hermosillo, México, y tenía doble nacionalidad. Falleció a los 62 años por complicaciones tras una operación renal. Tras su muerte, Felipe Staiti quedó como líder de la banda. La reflexión sobre la escritura a mano se apoya, en paráfrasis y no como cita textual, en las lecciones de Martin Heidegger sobre Parménides (1942-1943), donde sostiene que la palabra escrita pertenece al dominio esencial de la mano y que la máquina de escribir la arranca de ese dominio, degradándola a medio de transmisión; la idea fue comentada, entre otros, por Jacques Derrida. No se reproducen letras de canciones por derechos de autor. Datos recogidos de Wikipedia, Rolling Stone, El Espectador, Diario de Cuyo y otras coberturas de prensa.
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